sábado, 11 de febrero de 2012

Katrina, de Sally Salminen

Me parece todo un acierto que la editorial Palabra reedite esta estupenda novela, todo un clásico. De ella dijo Rosa Regás que Katrina es su heroína de ficción, un personaje con el que se siente identificado, que le atrae sin remisión, en el que se mira como en un espejo y cuyo influjo ha permanecido durante toda su vida. Una mujer humilde, de una historia humilde, y de una autora poco conocida. Una historia que impresiona y sobrecoge, la de una joven finlandesa, hija de campesinos ricos que un día, seducida por un marinero, decide casarse con él y seguirle a donde vaya. La historia de un paraíso prometido que se convierte en una humildísima choza en un acantilado pedregoso, con un marido borracho, débil, incapaz de educar a unos hijos que no dejan de llegar. La historia de la lucha por la vida, del coraje y amor de una madre y de una esposa, del olvido de sí y de la confianza en la Providencia. No estoy de acuerdo con Rosa Regás cuando afirma que Katrina al final de sus días se da cuenta de que su vida no ha servido para nada. Más bien veo en ella la satisfacción y la alegría del deber cumplido, la felicidad que sólo es posible en la entrega. En definitiva: una vida lograda. Y vienen entonces a mi memoria las palabras del beato Juan Pablo II en su Carta a las mujeres: «Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto (...) Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida. Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia. (…) Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas».
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