miércoles, 30 de septiembre de 2015

Una buena biblioteca, por Alejandro Llano

 «Jorge Luis Borges se imaginaba el cielo como una biblioteca. Y eso que estaba ciego. A mí, modestamente, una buena biblioteca siempre me ha parecido el lugar donde uno podía permanecer. Decía Pascal que la mayor parte de las desgracias de la humanidad proceden de que la gente no se está tranquila en su aposento. Es sorprendente la inquietud que tienen muchos por moverse hacia ninguna parte, por ver cosas nuevas sin mayor interés, por hablar con interlocutores que tienen poco que aportar. Sin darse cuenta de que una de las actividades que más enriquecen en esta vida es la lectura[1]
«Cada vez que entraba en la biblioteca me complacía en el olor a libros antiguos y nuevos y me gozaba del silencio, mínimamente interrumpido por cautelosos pasos sobre moqueta o linóleo. Años después, Fernando Inciarte me enseñó la importancia de oler los libros antes de comenzar a leerlos[2]

A. Llano, Olor a yerba seca, Encuentro, Madrid 2008.




[1] A. Llano, Olor a yerba seca, Encuentro, Madrid 2008, p. 383.
[2] Ibid. p. 386.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Las pruebas, de James Dashner

EL LABERINTO ERA SÓLO EL PRINCIPIO. Resolver el laberinto se suponía que era el final. No más pruebas, no más huidas. Thomas creía que salir significaba que todos recobrarían sus vidas, pero se equivocaba. La tierra está arrasada. El sol abrasa, los gobiernos han caído y una misteriosa enfermedad se ha ido apoderando poco a poco de la gente. Sus causas son desconocidas; su resultado, la locura. Thomas conoce a una chica, Brenda, que asegura haber contraído la enfermedad y estar a punto de sucumbir a sus efectos. Entretanto, Teresa ha desaparecido, la organización CRUEL les ha dejado un mensaje, un misterioso chico ha llegado y alguien ha tatuado unas palabras en los cuellos de los clarianos. La de Minho dice «el líder»; la de Thomas, «el que debe ser asesinado». El pasado 18 de septiembre de 2015 se ha estrenado en España la película de esta segunda entrega de El corredor del laberinto.


miércoles, 16 de septiembre de 2015

No es invisible, de Marcus Sedgwick

«Ojos o más bien presencias, que me vigilaban desde todos los rincones. Ya no podía negar el miedo que se había adueñado de mí. Luchaba contra él, intentaba no darle tregua. Sabía que mi comportamiento era irresponsable, incluso peligroso, y me preguntaba en cuántos problemas me metería. No obstante, cada vez que me venían esas ideas a la cabeza también pensaba en papá. Estaba segura de que algo pasaba. No me había respondido a los mensajes de texto, y eso no era propio de él».

Cuando Laureth Peak, hija del famoso escritor de best-sellers Jack Peak, decide viajar a Nueva York y llevarse con ella a su hermano pequeño, no es consciente de lo que allí le espera. Su padre ha desaparecido, y la única pista de que disponen sus hijos para encontrarlo es el enigmático cuaderno de notas del escritor. Laureth es ciega y está acostumbrada a superar a diario infinidad de obstáculos, pero en esta ocasión deberá aguzar al máximo el ingenio y confiar un poco más en sí misma. Como sucede con Holden Caulfield (El guardián entre el centeno) o con Christopher Boone (El curioso incidente del perro a medianoche), no puedes evitar tomar cariño a Laureth, alma del libro.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

La rubia de ojos negros, de Benjamin Black

«Era martes, una de esas tardes de verano en que la Tierra parece haberse detenido. El teléfono, sobre la mesa de mi despacho, tenía aspecto de sentirse observado. Por la ventana polvorienta de la oficina se veía un lento reguero de coches y a un puñado de buenos ciudadanos de nuestra encantadora ciudad, la mayoría hombres con sombrero, que deambulaban sin rumbo por la acera. Me fijé en una mujer que, en la esquina de Cahuenga y Hollywood, aguardaba a que cambiara la luz del semáforo. Piernas largas, una ajustada chaqueta color crema con hombreras, una falda azul marino…»

John Banville, premio Príncipe de Asturias de las Letras 2014 es Benjamín Black. En esta novela, The black-eyed blonde, resucita al mítico detective Philip Marlowe, creado por el autor norteamericano Raymond Chandler (1888-1959). Los hijos del novelista confiaron en Black para que éste embarcase al personaje en una nueva y peligrosa aventura por las calles de Bay City. Es el comienzo de la década de los cincuenta. Philip Marlowe se siente tan inquieto y solo como siempre y el negocio vive sus horas bajas cuando irrumpe en su despacho una nueva clienta: joven, rubia, hermosa y elegante, Clare Cavendish, la rica heredera de un emporio de perfumes, pretende que Marlowe encuentre a un antiguo amante, un hombre llamado Nico Peterson.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Ir a coger moras, por Philippe Delerm

Ir a coger moras[1]
Es un paseo que se da con viejos amigos, al final del verano. Se acerca la vuelta al trabajo. Pocos días después todo volverá a empezar; así que resulta agradable ese último garbeo ya con efluvios de septiembre. No es menester invitarse, ni comer juntos. Basta una llamada, a primera hora de la tarde del domingo.
—¿Os apetece venir a coger moras?
—¡Hombre, precisamente os lo íbamos a proponer!
El sitio es siempre el mismo, a lo largo del camino en la linde del bosque. Las zarzas cada año están más frondosas e impenetrables. Las hojas tienen ese verde mate, profundo; los tallos y espinas, esa tonalidad vinosa que se asemeja a los propios colores del papel vergé con el que se encuadernan libros y cuadernos.
Cada cual va provisto de una caja de plástico especial para que no se chafen las bayas. Todos empiezan a coger sin demasiado frenesí, sin demasiada disciplina. Bastarán dos o tres tarros de confitura, que no tardarán en saborearse en los desayunos de otoño. Pero el máximo placer es el del sorbete. Un sorbete de moras consumido la misma noche, un dulzor helado en el que duerme el último sol relleno de frescor oscuro.
Las moras son pequeñas, de un negro rutilante. Pero mientras se cogen prefiere uno probar las que todavía conservan algún grano rojo, un sabor acidulado. No tardan en manchársenos las manos de negro. Nos las restregamos mal que bien en las hierbas amarillentas. En la linde del bosque, los helechos se tiñen de rojo, y sus curvilíneas sumidades llueven sobre las perlas malvas de los brezos.
La conversación discurre sobre cualquier cosa. Los críos se ponen serios, evocan su temor o su deseo de que les toque tal o cual profe. Porque el regreso al trabajo gira en torno a ellos, y el camino de las moras tiene un sabor a escuela. La carretera es suave, apenas ondulada: es una carretera hecha para conversar. Entre dos chaparrones, la luz reavivada se presenta aún cálida. Hemos cogido las moras, y con ellas nos hemos llevado el verano. En la pequeña curva de los avellanos, nos deslizamos hacia el otoño.


[1] PDelermEl primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, Tusquets («Los 5 sentidos»), Barcelona 1998, pp. 33-34.