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lunes, 4 de abril de 2022

Obabakoak, de Bernardo Atxaga

 «Encuadernados la mayoría en piel y severamente dispuestos en las estanterías, los libros de Esteban Werfell llenaban casi por entero las cuatro paredes de la sala; eran diez o doce mil volúmenes que resumían dos vidas, la suya y la de su padre, y que formaban, además, un recinto cálido, una muralla que lo separaba del mundo y que lo protegía siempre que, como aquel día de febrero, se sentaba a escribir. La mesa en que escribía —un viejo mueble de roble— era también, al igual que muchos de los libros, un recuerdo paterno; la había hecho trasladar, siendo aún muy joven, desde el domicilio familiar de Obaba».

Bernardo Atxaga es el escritor en euskera más leído y traducido de la historia. En 1988 publicó, Obabakoak, un híbrido entre novela y antología de cuentos que ha sido traducida a 26 idiomas y que ganó el Premio Nacional de Narrativa en 1989. El libro recrea en sus cuentos un mundo mágico y mítico que invita a la reflexión literaria y trata cuestiones universales. La mayoría de los cuentos se sitúan en Obaba, una pequeña población vasca inventada donde fantasía y realidad se funden continuamente. Algunas de las narraciones aparecidas en la obra fueron llevadas al cine en 2005 por Montxo Armendáriz, con el título de Obaba.



lunes, 13 de diciembre de 2021

Un cuento de Navidad para Le Barroux, de Natalia Sanmartín Fenollera

 «El niño abrió la puerta de la habitación y entró de puntillas. Su madre dormía a plena luz del día en una cama amplia y mullida, el pelo rubio y desordenado sobre la almohada. Se acercó a ella y observó fascinado una araña de patas largas y finas sobre la almohada, muy cerca de su rostro. Muy despacio, levantó una mano marcada con restos de calcomanías y tapó suavemente los ojos a la durmiente, mientras con la otra cogía la araña y la aplastaba con satisfacción entre los dedos».

Un cuento de Navidad para Le Barroux narra la historia de un niño sin madre que pregunta incansablemente a Dios si lo que ella le contaba sobre Él es verdad. Día tras día, durante tres largos años, implora una señal. Hasta que llega la tercera Navidad. “Quería hablar-dice Natalia Sanmartín Fenollera autora de la conocida y estupenda novela El despertar de la señorita Prim- del misterio de la Navidad (…) de la idea de que Dios habla también a través de las cosas (…). Y también escribir sobre la perseverancia en la fe y sus dificultades, sobre lo que ocurre cuando de pronto (…) encuentras una puerta que parece cerrarse de golpe, con ruido de cerrojos y doble vuelta de llave. Delicioso. Se lee en media hora. Sin duda merece la pena tenerlo y releerlo. Gracias, Natalia.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Un cuento de Navidad para Le Barroux, de Natalia Sanmartín Fenollera

Pablo Cervera (www.religiónenlibertad.com) entrevista a Natalia Sanmartín Fenollera, autora de El despertar de la señorita Prim con motivo de la publicación de su nuevo libro.

 La Editorial Planeta acaba de publicar el nuevo libro de Natalia Sanmartín Fenollera, autora de El despertar de la señorita Prim, best-seller mundial publicado en el año 2013. Fue traducido a once lenguas y llegó a más de 75 países.  

La nueva entrega de nuestra autora lleva por título Un cuento de Navidad para Le Barroux. El cuento está bellamente ilustrado por Michaela Harrison, cuyos trabajos de ilustración conoció la autora en la abadía de Nuestra Señora de Clear Creek (Oklahoma).

Pincha aquí para adquirir ahora "Un cuento de Navidad para Le Barroux".

Conocí a Natalia Sanmartín en una cena de amigos. Me llamo la atención su delicadeza, su atención a las detalles, su finura femenina. Me pareció ver recogidos algunos de los aspectos que había plasmado en su entonces reciente obra laureada en todo el mundo. Además su bagaje literario se hizo patente, con sencillez, en la conversación.

Personalmente le agradezco el privilegio de esta entrevista.

-Mucho se ha dejado esperar esta nueva obra tras aquel 2013. Cualquier otro (autor, editor….) habría aprovechado la "mina de oro". ¿Por qué este "retraso"?

-Supongo que quizá porque mi idea no es tener una carrera literaria "profesional", por decirlo así, sino escribir cuando crea que hay algo que puedo decir o exista un motivo para hacerlo. Así surgió este cuento, porque las benedictinas de Barroux me pidieron una historia para leer en la fiesta de la Natividad. La escribí para las dos abadías, sin pensar inicialmente en nada más.

Monasterio de Le Barroux.

En Le Barroux, a unos cien kilómetros al norte de Marsella, hay dos comunidades benedictinas que siguen la liturgia tradicional: la abadía de Santa María Magdalena (monjes) y la abadía de Nuestra Señora de la Anunciación (monjas). En la imagen, el monasterio femenino.

-Hablemos del libro, "que a eso hemos venido…" Un pequeño de 8 años y sus hermanos pierden a su madre a causa de una enfermedad. Antes el padre los había abandonado. El chavalillo, en una petición y búsqueda sostenida en toda la obra, pide una señal a Dios: quiere verificar si "lo que mamá decía sobre Dios, la cueva y el cielo era verdad". Dios parece que calla. Al llegar la tercera Navidad, el niño aprende a leer el lenguaje de Dios. ¿Cómo "se te ocurrió" este cuento?

-No podría decir exactamente cómo o cuándo. Quería hablar del misterio de la Navidad y de la visión sacramental del mundo, de la idea de que Dios habla también a través de las cosas, de la realidad material. Y también escribir sobre la perseverancia en la fe y sus dificultades, sobre lo que ocurre cuando de pronto, como describe tan bien Lewis en Una pena en observación, encuentras una puerta que parece cerrarse de golpe, con ruido de cerrojos y doble vuelta de llave.

»El protagonista del cuento atraviesa un desierto que dura tres años, en total soledad, sin hablar con nadie, confiándose únicamente a la Virgen María y pidiendo todos los días una señal a Dios. Kierkegaard decía que la pureza de corazón es querer una sola cosa. Eso explica muy bien el sentido del cuento.

-La crisis de fe en nuestros días parece el pan nuestro de cada día. Curiosamente, el protagonista supera la crisis a partir de lo material. Vislumbro aquí una reivindicación de lo carnal, lo material, lo específico del cristianismo, que es la Encarnación. Dostoievski dijo que "la belleza salvaría al mundo"… Pareces provocarnos con la belleza en la Navidad. La cotidianidad cristiana de antaño es el marco de tus dos obras. ¿Es tu objetivo inculcar una "opción benedictina" como algo aislado en nuestra sociedad cristianofóbica? O, más bien, ¿que ese tipo de comunidad será lo que genere una nueva sociedad cristiana?

-No tengo muy clara la idea de una nueva sociedad cristiana, puede parecer pesimismo, pero a mí me parece más bien realismo. Vivimos en un mundo que hace tiempo que ha dejado de ser cristiano, inmerso en una crisis que no ha empezado ayer, pero que cada día parece acelerarse. Y tenemos grandes boquetes en nuestras murallas, con diferencias cada vez más profundas que ya no se pueden ignorar, porque son explícitas.

»Hay una parte de la Iglesia que cree que la fe cristiana cambia con el tiempo, que tanto el culto como la doctrina deben adaptarse poco a poco a los cambios, y que ha dejado de creer en lo que siempre, en todas partes y por todos ha sido creído, como enseñaba San Vicente de Lerins.

»Eso genera una lluvia ácida constante dentro y fuera de la Iglesia que desnaturaliza, debilita y adultera la fe. Y frente a eso no hay recetas generales, solo hay decisiones prudenciales que corresponden a cada uno para tratar de proteger la propia fe, para purificarla y contrastarla con lo que la Iglesia siempre ha enseñado.

Ilustración de

Una de las ilustraciones de Michaela Harrison para "Un cuento de Navidad para Le Barroux".

»Ha habido mucho debate sobre la opción benedictina y en ocasiones se ha hablado de ella como si se tratase de una respuesta universal. Y no lo es, ni creo que nadie haya defendido seriamente que lo sea. Hay gente que tiene que estar en el mundo y gente que tiene que irse al desierto, alejarse un poco del ruido, en soledad o con otros, para conservar y proteger su fe. No es una idea nueva, es una vieja idea cristiana.  

-Impacta en el cuento el vínculo hondo que une al niño con su madre, con sus dichos. Recuerda una y otra vez su belleza, sus enseñanzas. Hay un canto a la madre. También sucede con la abuela. Sin esa tradición no hay persona.

-Sí, es cierto. A mí me parece que el papel de la familia en la transmisión de la fe, especialmente el las madres, es insustituible. Ni la escuela ni la parroquia ni los campamentos de verano pueden hacer esa labor, que además tiene una belleza profunda. En la lista de bienes de una familia cristiana, antes de la universidad, el postgrado, el colegio, las actividades preescolares, la alimentación sana, las relaciones sociales, antes de todo eso, tiene que estar la salvación del alma. Es una cuestión de orden, de ordenar la escala de los bienes, y de purificar la propia fe. Se trata de guiar a un niño hacia Dios, y para para hacer eso hay que conocer el camino.

-La fe cristiana a nivel personal y social es combatida. Nada nuevo bajo el sol… ¿Es esta una ocasión para fortalecer la fe a través de la cruz, a precio del martirio cotidiano, en aras de una humanidad nueva que resucite con esa semilla? "Si le das a Dios tu corazón, morir es despertar".

-Sí, todas las épocas tienen sus dificultades y todas las generaciones están a igual distancia de Dios. Pero es cierto que este tiempo tiene una característica muy inquietante, la inversión de los conceptos del bien y del mal, el llamar bien al mal y verdad a la mentira, y que no siempre es fácil distinguir la moneda falsa de la verdadera.

»Hay una obra clásica de Dom Columba Marmion, Jesucristo, vida del alma, un monje irlandés beatificado recientemente, que tiene un primer capítulo que es como un mapa del tesoro. A mí me parece un buen ejercicio leerlo despacio, leerlo varias veces, y preguntarse si lo que está descrito allí, que es lo que siempre, en todas partes y por todos ha sido creído, es lo que recibe, cree y transmite cada uno.

»Esa es una tarea individual que nadie puede hacer por otro, y que exige tener claro que no hay ningún fin, ya sea la unidad, la paz o el diálogo con el mundo, que justifique adulterar o desnaturalizar el culto y la fe.

-¿Cuál cree que es el motivo del fracaso en la transmisión de la fe, por parte de padres, por parte de la Iglesia? ¿Moralismo, reducción horizontal de la fe, ausencia de la Belleza, identificación y desaparición detrás de los "valores", falta de centralidad de lo esencial: Jesucristo muerto y resucitado…? La tarea de la madre en su libro debió ser muy potente y acertada… y, sin embargo, sin grandes alharacas…

-Creo que ha habido una dilución progresiva de la fe, hacia lo que Lewis llamaba cristianismo con agua, y que se ese proceso se ha acelerado bruscamente, de forma paralela a como se ha acelerado la secularización y descristianización de Occidente.

»No me parece difícil imaginar que si Santo Tomás de Aquino, Santa Teresa de Jesús o el cardenal Newman, por decir tres nombres diferentes, entrasen en una iglesia hoy muy probablemente no reconocerían buena parte del culto, como tampoco el abandono de las formas de piedad, del silencio o el arrodillarse, y la desacralización en muchas ocasiones del modo de acceso y administración de los sacramentos. Newman advirtió sobre el efecto destructor del sentimentalismo y el modernismo en la Iglesia. Belloc lo llamaba la síntesis de todas las herejías, porque las contiene todas.

»Me parece que la respuesta está en aferrarse a la fe y al culto milenario de la Iglesia. Y que hace falta que profundicemos en la fe cristiana con el mismo entusiasmo con el que profundizamos en otras cosas.  Preguntarse por ejemplo con qué disposición y con qué frecuencia se acercaba Santa Teresa de Jesús a la comunión, qué enseña Santo Tomás sobre cómo debe recibirse y administrarse el Cuerpo de Cristo, o qué advertía Newman sobre el efecto corrosivo del sentimentalismo y la mundanización en la fe.

-Se ha hablado hasta la saturación (y se sigue hablando) de "diálogo" con la cultura. Acepto la expresión si eso significa claridad de la posición de la que se parte y no se llega a la renuncia de la verdad, a la tolerancia entendida como relativismo… ¿En qué medida "dialogas" en tu novela con este mundo? A lo mejor es solo (y ya sería todo) una llamamiento a un mundo que se suicida.

-Yo no le veo demasiado sentido a dialogar con el mundo sobre las grandes cuestiones, porque cuando no existen unos mimbres comunes el diálogo es estéril, y eso en el mejor de los casos. He escrito un cuento cristiano, para cristianos o para todo aquel que quiera acercarse a la Navidad cristiana. No es un llamamiento, es solo una mirada hacia el corazón de la fe. La regla de San Benito le dice al monje: "Inclina el oído de tu corazón", que es como decir: escucha con el corazón.

»La Navidad es una fiesta alegre y familiar, pero es también un momento de recogimiento. Y hay muchas cosas que se pueden hacer para purificar la fe, no es necesario irse al desierto para hacerlo. Se puede reducir el ruido, se puede buscar una liturgia digna de Dios, se puede aprender a rezar el breviario íntegro, que incluía esos salmos hermosos y terribles que lamentablemente no aparecen ya en la última reforma, pero que nadie prohíbe rezar, y que son un canto terrible y maravilloso a Dios. Se pueden contar a los niños las maravillas que Dios ha hecho desde la creación del mundo, se les puede enseñar a ver la realidad con los ojos con los que mira la Iglesia, con mirada sobrenatural.

»Para mí esa es la tarea urgente, purificar, recuperar, reconstruir, vivir como medievales, con el Credo, los sacramentos, la misa y la oración, sanamente alejados de los cambios y los vaivenes de dentro y de fuera de las murallas. Pensar en la propia salvación con temor y temblor, como enseña San Pablo, y dejarse deslumbrar por la fuerza y la belleza de Dios.

-Por cierto, me parece de una belleza maravillosa la forma de presentar a la Virgen mediando en el paso a la luz....

-Ella es el verdadero corazón del cuento, eso sí te lo puedo decir.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Yo, robot, de Isaac Asimov


LAS TRES LEYES DE LA ROBÓTICA

1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño.
2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la Primera Ley.
3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la Primera o Segunda Leyes.
Manual de Robótica 56ª Edición, año 2058.

Los robots que nos presenta Isaac Asimov en Yo, robot (I, Robot en el original) son máquinas capaces de llevar a cabo muy diversas tareas, y que a menudo se plantean a sí mismos problemas de 'conducta humana'. Estas cuestiones se resuelven en el ámbito de las tres leyes fundamentales de la robótica, concebidas por Asimov, pero no dejan de proponer extraordinarias paradojas que a veces se explican por errores de funcionamiento y otras por la creciente complejidad de los 'programas'. Pero ¿existe el riesgo de que un día estos robots sean tan inteligentes y tan autónomos que se rebelen contra el hombre que los diseñó? Asimov, nos deja con la duda… Sirvió de inspiración para una película de 2004 que lleva el mismo nombre, Yo robot, dirigida por Alex Proyas y protagonizada por el actor Will Smith.

miércoles, 28 de enero de 2015

Cuentos para niños. Hermanos Grimm, Hans Christian Andersen, J. M. Barrie

Cuentos para niños. Varios autores[1]

Si tuviera que elegir entre todos los cuentos del mundo me quedaría con los cuentos de los hermanos Grimm, los de Andersen, y con Peter Pan. Hay otros muchos, pero todos ellos se resumen para mí en ese triunvirato esencial. En los hermanos Grimm está la fascinación y la curiosidad; en Andersen, la tristeza; en Peter Pan la nostalgia del paraíso. En los cuentos están presentes todos los grandes temas que afectan a la condición humana: la pregunta por el bien y el mal, por el dolor y la dicha, por el amor y la muerte. Los
cuentos tratan de todo esto y lo hacen transmitiéndonos el sentimiento de que la vida merece la pena y que el mundo es un lugar tan extravagante como lleno de imprevistas maravillas. Mis personajes preferidos son la Sirenita y Wendy. Nadie ha encarnado con más delicadeza el misterio del amor que la Sirenita; y Wendy… ¿qué puede decirse de ella? Peter Pan tuvo suerte de volar a su lado, pues es su proximidad la que le transforma en el personaje inolvidable que es. Sin ella, apenas sería otra cosa que un pequeño psicópata. Los cuentos tienen esa misma función. Permitirnos volar, pero también enseñarnos la manera de regresar al mundo real, que es el mundo que
compartimos con los demás. Todos los grandes cuentos que existen nos dicen que la vida es un don maravilloso que debemos conservar y cuidar. Todos nos dicen que debemos estar agradecidos, que debemos dar las gracias porque existan los ríos, los perros, las canciones y los niños. Todo eso es sagrado y nadie tiene derecho a ultrajarlo. Algunas gentes, no es posible saber por qué, están enemistados con las mejores cosas de la vida. Por eso es importante contar cuentos a los niños, para que cuando sean mayores no sean como ellos. La voz que se escucha en los cuentos es la voz del cuidado, no la de la muerte.


[1] Gustavo Martín Garzo, Nuestro Tiempo, marzo-abril de 2010.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Historias y cuentos de Navidad, por Juan Luis Lorda


Historias y cuentos de Navidad[1]
Ningún cuento puede competir con el que escribió Charles Dickens en 1844, Canción de Navidad. A través de los sueños que sobresaltan al rico avaro Mr. Scrooge, Dickens sabe evocar todas las nostalgias de la Navidad. Y muestra que el principal calor de estos días nace del cariño en los hogares. Buen pregón y mensaje para las fiestas. Pocos lo habrán leído y casi todos lo habrán visto en alguna de las múltiples versiones cinematográficas. Porque es una de las historias que más veces ha sido llevada al cine. La primera fue en 1913. Desde entonces, se ha rodado de todas las maneras posibles, incluso en dibujos animados (Murakami) y con teleñecos (y Michel Caine). Pero la versión más famosa es la de Brian Desmond Hust (1951), con un impresionante Alistair Sin como Mr. Scrooge. Año tras año, vuelve a la pantalla, lo mismo que la inolvidable película de Frank Capra, Qué bello es vivir. En el fondo, es una relectura de la historia de Dickens. Con James Stewart a punto de suicidarse, y un simpático ángel que le hace pensar en lo que habría pasado si no hubiera vivido. Nadie está de sobra en el mundo. También es un buen mensaje de Navidad.
Algo tiene la Navidad cuando sus historias y cuentos pueden decirnos sencillamente cosas tan importantes. Como si estuvieran dirigidas a niños, nos las recuerdan a los mayores. Ya las sabemos, pero, en otras circunstancias, nos da pudor decirlas. Quizá porque son enormemente bonitas, sencillas y tiernas. En otras épocas del año, preferimos lenguajes abstractos, que siempre son menos tiernos que los cuentos. Probablemente es una manera de resistirse a reconocer que, en el fondo, seguimos siendo niños. Porque aspiramos a lo mismo que ellos: un poco de cariño, un poco de protección, un poco de fiesta y tiempo para jugar. El mundo de los mayores, con sus seriedades y preocupaciones, es sólo para las horas de trabajo. Pero la felicidad tiene que ver con lo que ingenuamente desean los niños. No hay otra fórmula: "Si no os hacéis como niños...".
La Navidad, por ser para niños, es tiempo de historias y cuentos. Y, desde que existe Internet, se pueden encontrar por miles en la red. Para todos los gustos. También hay cuentos horrorosos, desesperanzados y posmodernos. Quieren ser cuentos para mayores y, por eso mismo, han perdido el Norte, y no saben adónde van. En cambio, me aconsejaron el cuento que publicó hace pocos años Enrique Monasterio, El Belén que puso Dios. Empieza de una manera preciosa: "Al principio Dios quiso poner un Belén y creó el universo para adornar la cuna". Explica que la Navidad "no es un aniversario, ni un recuerdo; tampoco es un sentimiento; es el día en que Dios pone un Belén en cada alma". Y con esa inspiración construye su relato. Estupendo.
Pero la principal historia de la Navidad no es un cuento ni una recreación literaria. Es el recuerdo del Nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios que nació de María en aquella noche, santa desde entonces. Por eso, antes que un cuento, en Navidad hay que recomendar los comienzos del Evangelio de San Lucas y de San Mateo. En Alemania, existe la entrañable costumbre de leer en familia, en voz alta, junto al Belén, el capítulo 2 de San Lucas, en la misma noche de Navidad. Allí aparecen María y José, y se nos cuenta que no encontraron sitio en la posada, y que tuvieron que buscar un pesebre. Y se recuerda la alegría inmensa de los ángeles y su anuncio a los pastores. Con ese mensaje de Dios, que siempre es oportuno para los hombres que debemos ser niños: "Gloria a Dios en el Cielo y en la Tierra paz a los hombres que ama el Señor".




[1] Juan Luis Lorda, La Verdad de Murcia, 24 de diciembre de 2004.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Un cuento: El cielo del monjecito, por Mamerto Menapace

El cielo del monjecito[1]
El monjecito se encontraba en la iglesia. Era al inicio de la primavera, cuando el sol ya es tibio, y afuera todo canta a la vida Comenzaba la tarde, y él se encontraba sentado en un banco de la iglesia, entre meditando y distraído. Por la ventana abierta entraba la luz, el calor y cuanto ser diminuto y viviente se movía en los aires.
En realidad no estaba distraído, sino absorto. Había un pensamiento que lo venía persiguiendo desde hacía varios días. Quizá fuera la primavera que comenzaba. Lo cierto es que desde días atrás se venía preguntando sobre la eternidad del cielo. Sobre todo lo cuestionaba la idea de una realidad que nunca tendría fin, y en la cual Dios lo invitaba a participar también a él. Era un monjecito movedizo y lleno de vida, curioso e inteligente, despierto y soñador. No entendía cómo se las ingeniaría Dios para mantener el interés en una realidad que sería eterna. Porque él no lograba pasarse media hora sin tener que cambiar de ocupación o de lugar. Lo aterraba la idea de clavarse para siempre en algo eterno.
En esto estaba cavilando y adormeciéndose, cuando de repente llamó su atención un pequeño pájaro que acababa de entrar por la ventana. Parecía un animalito sencillo y sobre todo sumamente manso. Luego de un corto vuelo, fue a posarse a dos o tres bancos por delante de nuestro monjecito. No pareció importarle que éste estuviera allí. Luego de un momento de silencio, levantó la cabecita y lanzó un sencillo gorjeo que llenó de ecos el silencio de la Iglesia.
Cuando el canto se repitió nuevamente, el monjecito sin pensar en lo que hacía se levantó y se acercó al pajarito, que no dio muestras de temor. Simplemente pegó un saltito y fue a posarse en el respaldo del banco siguiente, mientras nuevamente gorjeaba su trino. Pero esta vez el canto venía modulado de una manera diferente. Parecía más bello y más sonoro. Además, al darle el sol sobre su plumaje, mostraba unos tornasoles que antes no habían aparecido. Embelesado nuestro amigo volvió a acercársele, para conseguir tan solo que el avecilla repitiera su corto vuelo hasta otro banco un poco más allá.
Y así de vuelo en vuelo, y trino a trino, ambos se fueron dirigiendo hacia la puerta entreabierta de la Iglesia. El monjecito estaba tan copado que ni se daba cuenta de lo que hacía. Simplemente iba detrás del avecilla canora, que a cada instante mostraba un nuevo color, o expresaba una armonía diferente y siempre más bella. Atravesaron la puerta, cruzaron el jardín, salieron por el gran portón que daba al bosque del cerro vecino, y finalmente se adentraron en éste sin percatarse de que se iban alejando cada vez más del monasterio.
Cuánto tiempo transcurrió desde aquel momento no lo supo entonces el monjecito. Porque paso a paso y yendo detrás del ave encantadora fue perdiendo la noción de las horas y de las distancias. Pero finalmente el avecita gorjeó como nunca lo había hecho aún, y abriendo sus alitas se perdió por entre el follaje del bosque.
Recién entonces nuestro monjecito volvió en sí, y se asustó al ver que ya era tarde. Volvió sobre sus pasos, extrañado de no reconocer el camino que lo había traído hasta allí. Pero desde la altura del cerro donde se encontraba, veía a veces el monasterio por entre el follaje, y así se iba ubicando Lo que en cambio le extrañó profundamente fue el no lograr dar con la puerta por donde había salido. Por más que la buscó en el atardecer por donde tendría que haber estado, no logró dar con ella. Rodeando el monasterio, al fin se topó con la puerta principal Con todo, lo que veía le resultaba extraño. Nada le parecía ya familiar, y se sentía como de otro mundo.
Tocó la campanilla y salió a atenderlo un viejo hermano portero, de larga barba blanca. No lo reconoció. Francamente confundido y temiendo una equivocación, preguntó tímidamente si aquel era el Monasterio de San Pantaleón. El monje portero le respondió que sí, y le preguntó a su vez qué deseaba; Nuestro monjecito perplejo le dijo que quería que le abriera la puerta para volver a su celda y disculparse con el maestro de novicios. Por supuesto que el portero no entendió nada, y no sabia que pensar. ¿Se trataría de una broma de alguno de los monjes disfrazados? ¿O sería quizá algún loco que confundía las cosas?
No sabiendo como proceder le pidió amablemente que se sentara y esperara al abad a quien iría a llamar enseguida. Cuando éste vino, por supuesto tampoco reconoció al monjecito, ni éste al abad. Se saludaron y trabaron conversación. El novicio apesadumbrado le contó lo que le había pasado aquella tarde, o quizá —no sabía— la tarde anterior. Cómo había abandonado la iglesia y el monasterio yéndose detrás de aquella rara avecita de canto y de plumaje continuamente cambiante que lo había fascinado y llevado tras ella. También le abrió su corazón al abad confesándole que sentía a su alrededor todo muy raro y que no acertaba a reconocer nada de cuanto veía. Que ni siquiera podía reconocerlo a él mismo con quien estaba hablando.
Ustedes imaginarán lo perplejo que estaría también el abad frente a aquel monje cito extraño y desconocido que contaba una historia tan bella y extraña. Supuso que se trataría de un joven desorientado y mentalmente enfermo que estaba fabulando una historia sobre su propia vida, aunque lo hacía tan bien que no podía negar el realismo de muchos de los datos, que verdaderamente coincidían con los de aquel viejo monasterio. Como era un hombre bueno y no quería herir al joven con lo que por dentro pensaba, decidió intentar convencerlo mediante el registro de los monjes para mostrarle que su nombre nunca había estado inscrito en aquel monasterio.
Trajeron el libro de registro donde desde hacía siglos se venían anotando los monjes que habían ido viviendo allí, y hoja tras hoja, empezando por las últimas, fue mostrando que efectivamente allí no estaban su nombre. Pero de pronto al hojear al azar el libraco aquel, sus ojos tropezaron con algo insólito. Una página estaba a mitad en blanco. Y para su sorpresa, allí aparecía el nombre del monjecito, con todos sus datos y una nota en rojo que decía simplemente:
"Desapareció una tarde en el bosque, sin dejar rastros". Era una página escrita 227 años atrás.
Esta bella historia termina así. El joven se dio cuenta de que, sin saberlo, había estado siguiendo durante todos esos 227 años a la avecilla sin cansarse ni envejecer.
Y fue tal el deseo que experimentó de ir al cielo que allí mismo… despertó de su sueño sobre el banco de la iglesia en aquel atardecer. Era ya la hora de vísperas.



[1] M. Menapace, Cuentos al amanecer, PPC, Madrid 2003, pp. 122-125.

Cuentos al amanecer, de Mamerto Menapace

«La poesía (y el cuento) no pretende transmitir nada, sino que evoca lo que cada uno tiene ya, despierta lo que cada uno lleva dentro».

Así se expresa Mamerto Menapace en el Prólogo a esta recopilación de treinta y cinco cuentos, entre los que encontrarás El relojero, Eligiendo cruces, El cuarto Rey Mago, El cielo del monjecito o La camisa del hombre feliz. Mamerto Menapace, monje benedictino del Monasterio de los Toldos (Argentina), pretende con ellos, y sin duda consigue «evocar la nostalgia dormida que cada uno trae desde la infancia». Y, para sacarles partido, basta escucharlos con el corazón, ya que sólo él posee un lenguaje único y universal.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Libro de Visitantes, de José Jiménez Lozano


Un viajero inglés encuentra, a finales del siglo XIX, en la biblioteca del Monasterio del Monte Athos (Grecia), el manuscrito original de este Libro de Visitantes. Copiado y traducido fue —por avatares del destino—, vendido por los herederos del viajero como un legajo de papeles sin importancia, considerándose hoy en día perdido. Un librito delicioso y conmovedor, colmado de la sensibilidad característica de José Jiménez Lozano, que nos introduce en los días que enmarcan el nacimiento de Jesús. Libro de Visitantes es, por tanto, un cuento sobre la Navidad. Una voz popular y casi folclórica que entrelaza hechos y personajes reales como Virgilio, Góngora, Descartes, Spinoza, Pascal o Hegel para narrarnos el mayor acontecimiento de la historia.

sábado, 27 de octubre de 2012

Tres cuentos crueles, de Saki


«Los dos enemigos se quedaron mirándose durante un prolongado instante de silencio. Ambos empuñaban una escopeta, ambos tenían el odio en el corazón y el asesinato dominando su mente. Había llegado la oportunidad de dar rienda suelta a las pasiones de toda una vida».

Three cruel stories: Tobermory, The story-Teller y The interlopers. O lo que es lo mismo: Tobermory, El contador de cuentos y Los intrusos. Tres cuentos: dos eran pocos y cuatro una antología. Son tres y son crueles, cruelmente divertidos: Tobermory, al que nos imaginamos como el gato de Chesire dibujado por John Tenniel; El contador de cuentos, un cuento que se oye tintinear; y Los intrusos, un cuento (casi) de Navidad. Sin duda, Saki fue un autor «menor»: ni escribió largo ni escribió mucho. Pero hasta ahí, porque Saki es uno de los autores más inteligentemente divertidos del siglo XX. Si no lo conocías, lo vas a comprobar.