Hace varios años que leí este
libro, y ya tenía ganas de compartirlo con vosotros. A Plácido María Gil Imirizaldu, el estallido de la Guerra Civil Española le pilló, con apenas quince
años, en el monasterio benedictino de El
Pueyo (Barbastro), donde cursaba estudios. Comparto la afirmación de Juan Manuel de Prada, para quien «Se trata de uno de los libros más hermosos
que he leído en mucho tiempo, de una belleza frugal y reparadora que ensancha
el espíritu». Es la narración de las vicisitudes que precedieron al martirio salvaje de
los monjes de El Pueyo, acusados sin
fundamento alguno de custodiar un arsenal entre las paredes del monasterio. Plácido María, que escribe el libro ya octogenario, se detiene en esos
acontecimientos —dice Prada— «con una
mirada pudorosa, llena de una serena piedad, la misma que descubrió en los
monjes de su comunidad, con quienes compartió cárcel en las vísperas de su
martirio». Pero quizá lo más
importante del libro es su condición de crónica de la supervivencia
de una vocación. ¡Que
disfrutéis!
Si te gusta leer, este es tu blog. Leer para aprender. Leer para descansar. Leer para recomendar. Libros para ti, libros para tus hijos, libros para tus padres. Libros para todas las edades. Libros para jóvenes y libros para adultos. Lo mejor de ahora y de siempre. No son recomendaciones de un experto, sino de un aficionado a la lectura que recomienda libros a sus amigos. Espero que te gusten.
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sábado, 27 de abril de 2013
sábado, 9 de abril de 2011
El país de los ciegos, de H.G.Wells
No hace mucho, en un artículo, Juan Manuel de Prada se refería a esta historia para comentar un tema de actualidad. Decía así: «En esta obra (The Country of the blinds) Wells nos ofrece una parábola muy aleccionadora sobre la naturaleza humana. Un expedicionario descubre, en la región más inhóspita de los Andes, un valle poblado de indios que han permanecido, desde tiempos inmemoriales, aislados del resto del mundo. Todos los pobladores del lugar son ciegos: los niños son alumbrados con una ceguera congénita; los ancianos que todavía gozaban del don de la vista hace mucho que murieron; y nadie en el lugar sabe que esos órganos inútiles que se esconden debajo de la frente sirvieron en otro tiempo para distinguir la luz y los colores. El protagonista del relato recuerda el adagio —«En el país de los ciegos, el tuerto es el rey»— y decide quedarse en el lugar, seguro de que no tardará en erigirse en gobernante de aquellos infortunados indios; pero pronto se verá envuelto en turbias maquinaciones, hasta convertirse en un apestado. Y a la postre aceptará, con horror y angustia, que si desea permanecer en el país de los ciegos, si desea que no lo tomen por un disminuido con la cabeza atestada de desquiciadas fantasías, deberá dejarse arrancar los ojos; mutilación que, por supuesto, los pobladores del lugar perpetrarán de mil amores». Piensa si no te habrás dejado tú también arrancar los ojos.
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