lunes, 12 de agosto de 2019

Legend, de Marie Lu


Day: Mi madre cree que estoy muerto. Obviamente, no lo estoy. Sin embargo, prefiero que ella no sepa la verdad porque sería demasiado arriesgado. Por lo menos dos veces al mes aparece el cartel de «Se busca» con mi foto en las pantallas gigantes que hay por todo el centro de Los Ángeles”.

La República está embarcada en una guerra interminable con el país vecino, las Colonias. June y Day, dos ciudadanos de la República, tienen la misma edad –quince años– y viven en la misma ciudad. Sin embargo, habitan en mundos opuestos: mientras que June es una chica privilegiada, destinada a ocupar un lugar en la elite del país por su condición de niña prodigio, Day vive en la clandestinidad y se dedica a sabotear los manejos de un gobierno que considera corrupto y asesino. No hay ninguna razón para que los caminos de June y de Day se crucen… hasta el día en que Metias, el hermano de June, es asesinado, y Day se convierte en el principal sospechoso del crimen. Entonces, June y Day emprenden un mortal juego del ratón y el gato, en el que él lucha por la supervivencia de su familia mientras ella busca vengar la muerte de su hermano. Novela juvenil sin pretensiones, primera de una serie formada por Legend, Prodigy y Champion. La típica distopía que está de moda con protagonistas adolescentes y huérfanos que se enamoran. La leí el pasado verano mientras atendía un campamento, y me entretuvo.


lunes, 15 de julio de 2019

Cómo hacer que te pasen cosas buenas, de Marian Rojas Estapé


“Mi padre siempre decía que el fracaso enseña lo que el éxito oculta. Y es cierto. No se pueden tener demasiadas pretensiones si se quiere ser feliz porque en realidad, la vida es un drama y es nuestra actitud la que marca la diferencia entre los felices y los infelices. Si tu actitud es positiva te sube el flujo de sangre en la corteza prefrontal y todo se ve de otro color. Aprendes a ser feliz a pesar de los sinsabores continuos de la vida. Y esto está científicamente probado”.
Serotonina, oxitocina, dopamina, cortisol..., una colección de sustancias y hormonas danzando en nuestro cerebro para decidir entre todas la cantidad de felicidad que nos corresponde. De esto habla la joven psiquiatra Marian Rojas en su primer libro Cómo hacer que te pasen cosas buenas, que ha agotado 13 ediciones en menos de un año. En tono científico y con vocablos médicos, pero salpicado de anécdotas e historias reales, ameno y asequible, repasa temas como el sufrimiento, la actitud ante el fracaso, la amistad, el perdón, los miedos, los sentimientos, las emociones, el descanso o el cuidado del sueño. Marian Rojas, hija del conocido psiquiatra Enrique Rojas, nos avisa “Cómo hacer que te pasen cosas buenas no es un libro de autoayuda, es un libro de inspiración. Inspira a ser mejor, a entenderte y a recomendárselo a la gente a la que quieres porque sabes que les va a ayudar. Me lo prestó un amigo, lo compré y no ha dejado de pasr de mano en mano. Lo presté la semana pasada a uno de mis hermanos, y hace un par de días me lo pedía otro amigo que tendrá que esperar...




jueves, 13 de junio de 2019

Cuestión de fe, de Donna Leon


En pleno mes de agosto, mientras el inspector Brunetti viaja en tren para pasar dos semanas de vacaciones suena su teléfono móvil. La comisaria Claudia Griffoni le informa de que ha tenido lugar un asesinato en la ciudad. El muerto es Araldo Fontana, un ujier del Tribunal de Justicia al que se estaba investigando por su participación en una sutil trama de corrupción dentro de la intrincada maquinaria judicial de Venecia. Sin llegar a su destino, Brunetti deja a Paola, su esposa y a Chiara y Raffi, sus dos hijos en el tren y regresa a Venecia. El caso se une a una investigación en curso: un turbio negocio de manipulación, plagado de falsos videntes, consultores astrales y tarotistas. Brunetti se tendrá que valer de su intuición para navegar por un mundo de sugestión y descarado engaño, así como para enfrentarse a un caso de sangre y sobornos. Donna Leon no defrauda. Leí Piedras ensangrentadas y me gustó. A ti te pasará igual. Si lees un caso del inspector Brunetti, querrás leer todos.


lunes, 13 de mayo de 2019

Los pastorcillos de Fátima, de Miguel Álvarez


“Cada mañana los pastorcillos se levantan con alegría porque van a pasar el día juntos. Desayunan al amanecer, rezan una oración al ángel de la guarda y salen con el rebaño hacia el Gredal, una pequeña laguna cercana al caserío. Es el punto de cita donde reúnen los dos hatos de ovejas y los conducen, meseta arriba, hacia los pastos que decide Lucia”
Los tres pastorcillos de Fátima comenzaron sus vidas en la honradez de una vida sencilla, e hicieron de su labor de pastores un ejemplo de humanidad para sus familiares y compañeros. La visita de la Virgen supuso un reto de superación en su forma de entender su relación con Dios. Esta es la historia de los tres pastorcitos portugueses a los que se les apareció la Virgen de Fátima el 13 de mayo de 1917. Lucia, de 10 años, y sus primos, Francisco de 9 años y Jacinta de 7 años, recibieron el mensaje de la Señora: el mal del mundo, la causa de sus guerras y desastres es el pecado; la oración y el sacrificio son los medios para conseguir la salvación. Francisco y Jacinta murieron pronto, ofreciendo su vida por la paz del mundo. Lucia se quedó, como le había prometido la Virgen, para extender la devoción de su Sagrado Corazón.


domingo, 5 de mayo de 2019

Día de la madre: Un poema: La madre, de Dámaso Alonso

La madre*

No me digas
que estás llena de arrugas, que estás llena de sueño,
que se te han caído los dientes,
que ya no puedes con tus pobres remos hinchados,
deformados por el veneno del reuma.

No importa, madre, no importa.
Tú eres siempre joven,
eres una niña,
tienes once años.
Oh, sí, tú eres para mí eso: una candorosa niña.

Y verás que es verdad si te sumerges en esas lentas aguas,
en esas aguas poderosas,
que te han traído a esta ribera desolada.
Sumérgete, nada a contracorriente, cierra los ojos,
y cuando llegues, espera allí a tu hijo.
Porque yo también voy a sumergirme en mi niñez
antigua,
pero las aguas que tengo que remontar hasta casi
la fuente,
son mucho más poderosas, son aguas turbias, como
teñidas de sangre.
Óyelas, desde tu sueño, cómo rugen,
como quieren llevarse al pobre nadador.
¡Pobre del nadador que somorguja y bucea en ese
mar salobre de la memoria!

... Ya ves: ya hemos llegado.
¿No es una maravilla que los dos hayamos arribado
a esta prodigiosa ribera de nuestra infancia?
Sí, así es como a veces fondean un mismo día en
el puerto de Singapoor dos naves,
y la una viene de Nueva Zelanda, la otra de Brest.
Así hemos llegado los dos, ahora, juntos.
Y ésta es la única realidad, la única maravillosa
realidad:
que tú eres una niña y que yo soy un niño.

¿Lo ves, madre?
No se te olvide nunca que todo lo demás es mentira,
que esto solo es verdad, la única verdad.
Verdad, tu trenza muy apretada, como la de esas niñas
acabaditas de peinar ahora,
tu trenza, en la que se marcan tan bien los brillan-
tes lóbulos del trenzado,
tu trenza, en cuyo extremo pende, inverosímil, un
pequeño lacito rojo;
verdad, tus medias azules, anilladas de blanco, y las
puntillas de los pantalones que te asoman por
debajo de la falda;
verdad tu carita alegre, un poco enrojecida, y la
tristeza de tus ojos.
(Ah, ¿por qué está siempre la tristeza en el fondo
de la alegría?)
¿Y adonde vas ahora? ¿Vas camino del colegio?

Ah, niña mía, madre,
yo, niño también, un poco mayor, iré a tu lado,
te serviré de guía,
te defenderé galantemente de todas las brutalidades
de mis compañeros,
te buscaré flores,
me subiré a las tapias para cogerte las moras más
negras, las más llenas de jugo,
te buscaré grillos reales, de esos cuyo cricrí es como
un choque de campanitas de plata.
¡Qué felices los dos, a orillas del río, ahora que va a
ser el verano!
A nuestro paso van saltando las ranas verdes,
van saltando, van saltando al agua las ranas verdes:
es como un hilo continuo de ranas verdes,
que fuera repulgando la orilla, hilvanando la orilla
con el río.
¡Oh qué felices los dos juntos, solos en esta mañana!
Ves: todavía hay rocío de la noche; llevamos los
zapatos llenos de deslumbrantes gotitas.

¿O es que prefieres que yo sea tu hermanito menor?
Sí, lo prefieres.
Seré tu hermanito menor, niña mía, hermana mía,
madre mía.
¡Es tan fácil!
Nos pararemos un momento en medio del camino,
para que tú me subas los pantalones,
y para que me suenes las narices, que me hace mu-
cha falta
(porque estoy llorando; sí, porque ahora estoy llo-
rando).

No. No debo llorar, porque estamos en el bosque.
Tú ya conoces las delicias del bosque (las conoces
por los cuentos,
porque tú nunca has debido estar en un bosque,
o por lo menos no has estado nunca en esta deliciosa
soledad, con tu hermanito).
Mira, esa llama rubia que velocísimamente repique-
tea las ramas de los pinos,
esa llama que como un rayo se deja caer al suelo,
y que ahora de un bote salta a mi hombro,
no es fuego, no es llama, es una ardilla.
¡No toques, no toques ese joyel, no toques esos dia-
mantes!
¡Qué luces de fuego dan, del verde más puro, del
tristísimo y virginal amarillo, del blanco creador,
del más hiriente blanco!
¡No, no lo toques!: es una tela de araña, cuajada de
gotas de rocío.
Y esa sensación que ahora tienes de una ausencia
invisible, como una bella tristeza, ese acompasado
y ligerísimo rumor de pies lejanos, ese vacío, ese presentimiento súbito del bosque,
es la fuga de los corzos. ¿No has visto nunca corzas
en huida?
¡Las maravillas del bosque! Ah, son innumerables; nunca
te las podría enseñar todas, tendríamos
para toda una vida...

... para toda una vida. He mirado, de pronto, y he
visto tu bello rostro lleno de arrugas,
el torpor de tus queridas manos deformadas,
y tus cansados ojos llenos de lágrimas que tiemblan.
Madre mía, no llores: víveme siempre en sueño.
Vive, víveme siempre ausente de tus años, del sucio mundo
hostil, de mi egoísmo de hombre, de mis
palabras duras.
Duerme ligeramente en ese bosque prodigioso de tu
inocencia,
en ese bosque que crearon al par tu inocencia y mi
llanto.
Oye, oye allí siempre cómo te silba las tonadas nue-
vas tu hijo, tu hermanito, para arrullarte el sueño.

No tengas miedo, madre. Mira, un día ese tu sueño
cándido se te hará de repente más profundo y
más nítido.
Siempre en el bosque de la primer mañana, siempre
en el bosque nuestro.
Pero ahora ya serán las ardillas, lindas, veloces
llamas, llamitas de verdad;
y las telas de araña, celestes pedrerías;
y la huida de corzas, la fuga secular de las estrellas
a la busca de Dios.
Y yo te seguiré arrullando el sueño oscuro, se te-
guiré cantando.
Tú oirás la oculta música, la música que rige el
universo.
Y allá en tu sueño, madre, tú creerás que es tu hijo
quien la envía. Tal vez sea verdad: que un co-
razón es lo que mueve el mundo.
Madre, no temas. Dulcemente arrullada, dormirás en
el bosque el más profundo sueño.
Espérame en tu sueño. Espera allí a tu hijo, madre
mía.

* La madre, en D. Alonso, Hijos de la ira, Castalia, Madrid 1986, pp. 120-125. Junto a la niñez, el tema de la mujer (y, sobre todo, la madre) mueve al poeta a la expresión de una amorosa ternura. La niñez, recuerdo de la inocencia, y la mujer (madre), símbolo del amor, se combinan en este poema que, basado en una hábil superposición temporal, radicada en la memoria, convierte a la madre y al hijo en hermanitos que juegan juntos, recreando un mundo añorado.

viernes, 3 de mayo de 2019

Mañana de la cruz, de Juan Ramón Jiménez





Mañana de la cruz[1]

Dios está azul. La flauta y el tambor
anuncian ya la cruz de primavera.
¡Vivan las rosas, las rosas del amor,
entre el verdor con sol de la pradera!
Vámonos al campo por romero,
vámonos, vámonos
por romero y por amor…
Le pregunté: «¿Me dejas que te quiera?»
Me respondió, radiante de pasión:
«Cuando florezca la cruz de primavera,
yo te querré con todo el corazón.»
Vámonos al campo por romero,
vámonos, vámonos
por romero y por amor…
«Ya floreció la cruz de primavera.
¡Amor, la cruz, amor, ya floreció!»
Me respondió: «¿Tú quieres que te quiera?»
¡Y la mañana de luz me traspasó!
Vámonos al campo por romero,
vámonos, vámonos
por romero y por amor…
Alegran flauta y tambor nuestra bandera.
La mariposa está aquí con la ilusión…
¡Mi novia es la virjen de la era
y va a quererme con todo el corazón!


miércoles, 1 de mayo de 2019

Borges sueña con Borges en su laberinto, de Ignacio Arellano

Borges sueña con Borges en su laberinto[1]



En la entrada del palacio de Cnosos figura el signo del toro, que abre la puerta al reino del secreto, de la purificación, de la identidad de uno y de la libertad, quizá de la muerte. En el centro del laberinto es dable imaginar a Jorge Luis Borges (1899-1986) tejiendo una minuciosa meditación en la que sueña que es Borges y que escribe historias que se desarrollan en sueños y laberintos. En los meandros de su peregrinación arquetípica halla Jorge Luis Borges objetos preciosos, extraños y mágicos, como el aleph («El Aleph») que se oculta en la casa de la calle Garay donde vivió la hermosa Beatriz Viterbo. El aleph es el lugar donde están sin confundirse todos los lugares del orbe vistos desde todos los ángulos. Ironía borgiana es que semejante maravilla (incluye «el populoso mar, el alba y la tarde, las muchedumbres de América, la plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, un laberinto roto, interminables ojos escrutadores, racimos, nieve, tabaco, convexos desiertos ecuatoriales o la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo», entre miles de otras visiones admirables) solo haya servido al pedante poeta Carlos Argentino Daneri para perpetrar con su ayuda un malvadísimo poema que traza la historia de la Tierra. Sería posible considerar como un verdadero avatar humano del aleph a Ireneo Funes («Funes el memorioso»), que recuerda cada detalle de cada percepción, y es un almacén universal de datos: «Nosotros percibimos tres copas en una mesa. Funes todos los vástagos y racimos y frutos que comprenden una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlos en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española y con las líneas de espuma que un remo levantó en Río Negro la víspera de la acción de Quebracho». Otros objetos maravillosos son los que proceden del fabuloso mundo de «Tlon, Uqbar, Orbis Tertius» o los imaginarios libros infinitos en los que cada hoja se desdobla en infinitas hojas y cuya hoja central no tiene reverso... Esos objetos pertenecen a espacios igualmente mágicos, reducibles casi siempre al laberinto, obsesión central del escritor. Un laberinto es la ciudad misteriosa de los Inmortales descrita por un narrador que ha olvidado ser el propio Homero (en el cuento de «El inmortal» que evoca uno de los viajes de Gulliver narrados por Swift), un laberinto es el escenario de la muerte de Abenjacán el Bojarí «muerto en su laberinto», o el campo de batalla de dos reyes enemigos («Los dos reyes y los dos laberintos»), laberinto es la casa de Asterión (otro nombre del Minotauro) en el cuento del mismo título, y otros hallamos en «Las ruinas circulares» o «La Biblioteca de Babel», que evoca las visiones de Kafka y arquitecturas de Piranesi y que asume las dimensiones del Universo entero: «El universo, que otros llaman la Biblioteca se compone de un número indefinido y tal vez infinito de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercado por barandas bajísimas. Una de las caras libres da a un angosto zaguán que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas...». Reflexión parecida hace Asterión sobre su casa (el Laberinto): «Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo, mejor dicho, es el mundo». Se recordará que el padre Atanasius Kircher, erudito jesuita del siglo XVII, concebía el interior de la Tierra como un laberinto inextricable y que en la empresa heráldica de Galeazzo Becaria figura el mundo como un laberinto. Borges explora, pues, con vuelos nuevos, imágenes ancestrales que aseguran la solidez de sus fantasías. El laberinto no solo es un edificio o el mundo: es también una escritura («La escritura del dios») cuya clave encuentra el sacerdote prisionero en la piel del jaguar, después de atravesar iniciáticamente un laberinto de sueños, camino idéntico al que permite a otro sacerdote en «Las ruinas circulares» crear soñando un hombre, su discípulo, hecho de la materia de los sueños, hasta descubrir que él mismo es el sueño de otro soñador. En «Jardín de senderos que se bifurcan» el laberinto es un libro...
Es evidente la barroca atracción de Borges por los conflictos de la realidad con la fantasía, de la fugacidad humana y la eternidad («Historia de la eternidad» es una de sus obras); su preocupación por el tiempo (detenido mágicamente en «El milagro secreto»); por los sueños y la escritura laberíntica (el universo) de Dios, trabajosamente imitada por demiurgos de diversa entidad; por el destino y la muerte; por la identidad y la permanencia. Teología, filosofía, mitografías y folklore, en un estilo preciso, paradójico y aderezado con autoridades reales o ficticias, con mil detalles que hacen verosímiles las historias (muchas de técnica policiaca o de cuento de misterio) y los personajes más extravagantes, pueblan las páginas de Borges en frases como anillos de plata, brillantes y perfectas; en imágenes como espejos que reflejan con engañosa claridad enigmas y secretos. Borges llena de fechas, direcciones, eruditos datos bibliográficos y meticulosa documentación sus sueños: «El coche lo dejó en el cuatro mil cuatro de esa calle del Noroeste. No habían dado las nueve de la mañana» («La espera»); «Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama «The Anglo American Cyclopaedia», Nueva York, 1917 y es una reimpresión literal, pero también morosa de la «Encyclopedia britannica» de 1902» («Tlon, Uqbar»)... ¿Cómo poner en duda la veracidad del relato?
A sus preocupaciones metafísicas y poéticas se suma otro gran mito, el del valor, que fundamenta alguno de sus mejores cuentos: mencionemos «Hombre de esquina Rosada», mencionemos «El Sur» (de perfección imposible) ... que enseñan con sospechosa melancolía que la felicidad no es una condición de los hombres, pero sí el coraje o la desesperación.
Borges llenó los plúteos de su «Biblioteca de Babel» con los libros que hubiera querido escribir: «la historia minuciosa del provenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, las interpolaciones de cada libro en todos los libros», o quizá se hubiera contentado con el libro de los libros que evoca en el mismo relato, ese libro total, cifra y compendio perfecto de todos los demás, y que sería el universo o sería Dios. No lo escribió, pero sí escribió otros que ocupan en esa Biblioteca portentosa un estante privilegiado. Murió ciego, recordando, en la oscuridad luminosa de su ceguera como en la caverna central de un laberinto, aquellas palabras de Goethe:
El sacro horror es lo mejor del hombre.
     Cuanto más afianza la percepción del mundo
     más hondamente lo turba el portento.



 [1] Ignacio ArellanoDiario de Navarra, 16 de marzo de 2002.

miércoles, 24 de abril de 2019

Cosas que nadie sabe, de Alessandro D'Avenia


“Cumple catorce años y está sentada a proa. Los ojos verdes, risueños y melancólicos, están imantados por el horizonte: una línea tan clara que tiene que dar miedo. El mundo es una caracola. Le hace eco a la luz, da toda la que recibe, hasta en forma de sombras. Y la luz es la única orden del alba. Una orden severa, porque cuando sale la luz también nos salen las lágrimas.”
La vida de Margherita está en un momento crucial: su padre ha abandonado el hogar, acaba de empezar el instituto y, en plena adolescencia, vive sumida en una profunda tristeza. La amistad con Marta y el entusiasmo por su nuevo profesor de lengua, lograrán despertar en Margherita nuevas pasiones y sueños. Pero será su amor por Giulio, su primer y gran amor, lo que hará reaccionar a Marguerita y la empujará a la búsqueda de su padre. Cosas que nadie sabe, Cose che nessuno sa en el original, una historia sugerente y sensible que invita a vivir la intensidad del amor verdadero y la belleza de los sueños más puros. Al igual que Blanca como la nieve, roja como la sangre, esta segunda novela de D’Avenia arrasa entre los adolescentes (ellos y ellas) y engancha también a sus padres.

miércoles, 17 de abril de 2019

Tres meses, de Tomás Trigo


“Cuando una persona muere, deja de existir y se acabó. Después no hay nada: ni cielo ni infierno ni ángeles ni Dios ni nada. ¿Te queda claro?”
Esas palabras de su madre, cuando tenía poco más de siete años, poco antes de que ella y su padre se divorciaran, se le quedaron grabadas a fuego en la memoria. Ahora Miguel tiene 22 años. Acaba de terminar la carrera de Derecho en Santiago de Compostela. Descreído, inteligente y triunfador, cree tener el mundo a sus pies. Es principios de enero y pasa unos días con sus abuelos, en el pazo donde nació, en Cambados (Pontevedra). Quedan pocos días para reanudar las clases. Una tarde, mientras merienda con sus abuelos, siente una punzada en el abdomen, como una cuchillada, que le hace caer de la silla. No le da importancia. Pero su abuelo, médico de profesión, sí. Al día siguiente le atienden en el Hospital de Santiago. Diagnóstico: Cáncer de páncreas. Tres meses de vida. Tres meses en los que Miguel se plantea, por primera vez, el sentido de su existencia.

miércoles, 10 de abril de 2019

Relatos a la sombra de la Cruz, de Enrique Monasterio

"Cuando pasen los siglos, nadie hablará de mí como discípulo de Jesús de Nazaret. Dirán solamente que fui su amigo. Me llamo Lázaro, tengo veintisiete años y acabo de volver. Cristo me ordenó que regresara del Sheol y en un segundo quedé libre de las ataduras de la muerte."
Entre los libros de Enrique Monasterio que para mí son de lectura anual obligada se encuentra desde hace años El Belén que puso Dios. Cuando se acerca la Navidad, no puedo resistir la tentación de leerlo. Pero desde el año 2013, para estos días de Semana Santa ya tan próximos, he añadido estos Relatos a la sombra de la Cruz. Nacidos de la oración de su autor ante la cruz, siguiendo la misma lógica que le llevó a escribir El Belén que puso Dios. Nos encontraremos de nuevo con un borrico; con María Santísima, siempre joven y hermosa, pero bañada en lágrimas; con amigos de Jesús, como María Magdalena, los apóstoles, Simón de Cirene o José de Arimatea, y con enemigos que buscan su desaparición de este mundo: Caifás, Judas, Pilato, Barrabás... Como colofón, se incluyen al final unos comentarios al Adoro te Devote, conocido himno eucarístico atribuido a santo Tomás de Aquino. Jesús, en la Eucaristía, rompe las barreras del espacio y del tiempo y vuelve a trasladarnos al Gólgota. Espero que te guste.

miércoles, 3 de abril de 2019

El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio


Anteayer por la mañana, lunes 1 de abril de 2019, nos levantamos con la noticia del fallecimiento de Rafael Sánchez Ferlosio. Eso me trajo a la memoria su novela El Jarama, que pude leer allá por 1989 y de la que no guardo prácticamente ningún recuerdo. Quizá la impresión de que se me hizo un poco larga y de que parecía que no pasaba nada. Según los entendidos, El Jarama inauguraba una nueva época de la narrativa española incorporando a una historia de apariencia realista una técnica absolutamente realista. Once amigos madrileños deciden pasar un caluroso domingo de agosto a orillas del Jarama. A partir de ahí la acción se desarrolla simultáneamente en la taberna de Mauricio —donde los habituales parroquianos beben, discuten y juegan a las cartas— y en una arboleda a orillas del río en la que se instalan los excursionistas. Durante dieciséis horas se suceden los baños, los escozores provocados por el sol, las paellas, los primeros escarceos amorosos y el inevitable paso del tiempo, que amenaza con la llegada del lunes. Al acabar el día, sin embargo, un acontecimiento inesperado colma la jornada de honda poesía y dota a la novela de una extraña grandeza. Para muchos «la mejor novela escrita en España en el siglo XX».

miércoles, 27 de marzo de 2019

Relámpagos, de Jean Echenoz


Con veintiochos años de edad, y ya dos metros de estatura, Gregor decide tomar un barco hacia los Estados Unidos de América. Desembarca en un muelle de Nueva York provisto de su pasaporte y de su bombín, de una maletita con apenas ropa, de otra con apenas instrumentos, de veinte dólares doblados en un bolsillo y en otro bolsillo una carta de recomendación para Thomas Edison...”.


Debió ser hace un par de años cuando tuve la oportunidad de ver una exposición en la Ciudad de la Ciencia de Valencia. Allí oí hablar por primera vez -ignorante de mí- de Nikola Tesla. Y decidí leer algo sobre él. Así fue como di con Relámpagos (Des éclairs), de Jean Echenoz. Basada en la vida y obra del ingeniero Nikola Tesla (1856-1943) este pequeño relato, ni novela ni biografía es, sin embargo, ágil, simpática, entrañable en ocasiones, y muy sugerente. En ella nos encontramos con Gregor, que inventa y descubre todo lo que va a ser útil durante los próximos siglos: la transferencia inalámbrica de energía eléctrica mediante ondas electromagnéticas, la corriente alterna, la bombilla sin filamento y la radio, … Sin embargo, como la ciencia le interesa mucho más que el beneficio, los asuntos personales no le van tan bien. Por eso otros científicos acabarán robándoselo todo.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Una historia sencilla, de Leonardo Sciascia


“La llamada telefónica se produjo a las 9.37 de la noche del 18 de marzo, sábado, víspera de la rutilante y retumbante fiesta que la ciudad dedicaba a San José Carpintero: y al carpintero precisamente se ofrecían las hogueras de muebles viejos que esa noche se encendían en los barrios populares…”
Una historia sencilla que, en realidad, no lo es tanto. Como te despistes, te pierdes, a pesar de su brevedad (78 págs.) y llegas al final desconcertado, sin saber qué ha ocurrido. Una novela policíaca siciliana con fondo de mafia y droga, aunque jamás se nombra ni la una ni la otra. Todo empieza con una llamada telefónica a la policía comunicándole el aparente suicidio de una persona. A partir de ese momento, de repente, la historia va creciendo, se dilata, se embrolla sin dejarnos ni un instante de reflexión. Eso, que nos ocurre a nosotros, los lectores, le ocurre también al inspector, el único personaje que busca la verdad. Lo mismo que ocurrió al autor, Sciascia, quien, hasta un mes antes de su muerte en 1989, cuando entregó este libro a su editor italiano, se obstinó en «sondear escrupulosamente las posibilidades que tal vez queden aún a la justicia» (Justicia, Dürrenmatt).

miércoles, 13 de marzo de 2019

Control total, de David Baldacci


Un avión se ha estrellado. No hay supervivientes. En él viajaba, o debería viajar, Jason Archer. Su misteriosa y oscura desaparición arrastrará a su mujer a conocer un mundo de vértigo y de pesadilla, donde conviven la sospecha y la venganza, la conspiración y la muerte...”.

Cuando Sidney Archer despidió a su marido en el aeropuerto para tomar un avión rumbo a Los Ángeles, no podía sospechar que para ella comenzaba una nueva vida. El avión se estrella y las investigaciones posteriores revelan que ha sido víctima de un sabotaje. Además, todo apunta a que su marido ha estado robando secretos de la empresa en la que trabajaba para venderlos a la competencia. Con todo, apenas han comenzado sus sufrimientos: las sospechas que recaen sobre su marido colocan a Sidney en el punto de mira del FBI, que la considera cómplice. De telón de fondo, el control de las redes de información del siglo XXI. Una novela absorbente. 437 páginas sin desperdicio. Perfecta para desconectar.

miércoles, 6 de marzo de 2019

La historia de Iqbal, de Francesco D'Adamo


“Hola, soy Ernesto, estudio 1º ESO y esta es mi primera colaboración en #ahoraqueleo. Espero que os guste”.

A finales del siglo XX, Fátima, una chica paquistaní, vive recluida en la fábrica de alfombras de Hussain Khan. Ella, como el resto de los niños, trabaja de sol a sol, sin apenas descanso ni comida. Un día llega a la fábrica un niño esclavo llamado Iqbal que iniciará una tremenda lucha contra la esclavitud infantil. Una obra maestra de Francesco D’Adamo que nos enseña lo malvada que es la esclavitud infantil, la esclavitud en general y de que siempre hay personas como Iqbal y Ehsan khan que lucharán por evitarla. Es una excelente novela que nos enseña cómo viven las personas en el tercer mundo fuera de esta burbuja en la que vivimos la gente del llamado primer mundo. Se la recomiendo a todas las personas que quieran ver que no hay que ser adulto y tener poderes para ser un héroe.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Canción para una chica que lloraba sola en Taramay el 25 de julio de 1979, de Miguel D'Ors


Canción para una chica que lloraba sola en Taramay el 25 de julio del 1979, de Miguel D'Ors[1]



Lágrima que yo he visto brotar de tu silencio
y de tus quince años
y cayó en una tarde con un algo de hoja
desprendida de un mayo...

Yo no sé de qué pena, de qué esperanza rota,
de que nombre venía,
ni siquiera si era tu primera lágrima de mujer
o la última de niña.

Yo pasé junto a ti como pasaba el viento
y el rumor de las olas.
Nunca sabré tu nombre. Nunca sabré el pasado
de esa lágrima sola.

Ni tú sabrás tampoco que una tristeza tuya
cruzó una vez mi vida.
La noche será corta. Mañana volverás
a ser una sonrisa.

Pero quiero decir que esa lágrima tuya,
cayendo inconsolable
de tus años --tan dulces, tan amargos, tan quince--,
desbarató la tarde;
que la playa y el verde de las enredaderas
y julio y sus gaviotas
se ensombrecieron cuando, a solas con el mar,
lloraste porque todo, porque nada, por cosas.

Taramay, 25-VII- 1979




[1] De CHRONICA, 1982, en 2001. Poesías Escogidas, Númenor, Cuadernos de Poesía, Sevilla 2001.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Pequeños crímenes conyugales, de Éric-Emmanuel Schmitt


El viernes 15 de febrero algunos alumnos de mi colegio de 2º de Bachillerato acudieron al teatro. Se representaba Óscar. O la felicidad de existir, obra de Éric-Emmanuel Schmitt, en versión de Juan José de Arteche. No conocía la obra ni pude asistir a la representación, pero me trajo a la memoria otra interesante obra del autor que pude disfrutar hace tiempo. Se trata de Pequeños crímenes conyugales. Los protagonistas, Alejandro y Carla, llevan quince años casados. Acaban de llegar a su apartamento. Vienen del hospital. Alejandro sufre amnesia. Al parecer, se cayó por la escalera y perdió el conocimiento. No se acuerda de nada y Carla se encarga de ir recordándole quién era, qué frases decía, lo que le gustaba y aquello que detestaba. Pero a Alejandro le parecen contradictorias algunas de las cosas que Carla le dice sobre su propia personalidad y sobre la relación que mantenían. ¿Quién es él en realidad? ¿Y quién es Carla? ¿Cómo era antes su vida de pareja? A partir de lo que ella le cuenta, Alejandro intenta reconstruir su propia vida. Pero, ¿y si Carla mintiese? ¿Es él, realmente, tal y como ella lo describe? Y ella, ¿es de veras su mujer? A través del ágil diálogo y los continuos golpes de efecto Schmitt nos muestra el camino a una verdad inesperada manteniendo el asombro y la tensión hasta el final. En un solo acto y en tiempo real Pequeños crímenes conyugales (Petits crimes conjugaux) nos ofrece una sabia reflexión sobre el amor, la fidelidad y el paso del tiempo, y los problemas que entrañan las relaciones de pareja. En 2001, Eric-Emmanuel Schmitt recibió el Gran Premio de Teatro de la Academia francesa por el conjunto de su obra. Su segunda película como director, Cartas a Dios, se estrenó en España en 2011.




miércoles, 13 de febrero de 2019

Dios en la poesía actual


Dios en la poesía actual[1]
 Cuando llegue la hora que sólo Tú conoces / llévame por un campo donde crecen higueras. / Haz que sea verano, cuando su áspero aroma / viene para abrazarnos. Yo estaré junto a ellas. José Julio Cabanillas.
Aléjame, Señor, de la barbarie / y del eco ofensivo de esa gente / que arrasa tus sagrarios con el único / afán de erradicarte de la tierra. Carmelo Guillén Acosta.
También hay hoy poetas que hablan de Dios. Dos de ellos, José Julio Cabanillas y Carmelo Guillén Acosta, han rescatado en Dios en la poesía actual (Rialp) poemas de 48 autores actuales en español donde Dios es el alma de la composición. Lo de actuales implica, según el criterio seguido para la selección, haber nacido en el entorno de 1950 y después. Y quizá la primera sorpresa -las siguientes provienen del golpe de belleza de los versos- sea que, en una sociedad tan secularizada como la nuestra, Dios está mucho más presente en la poesía de lo que cabría suponer.
 -Entonces, ¿no les ha “costado” encontrar autores para la antología?
-Darle vida a la antología no nos ha costado demasiado esfuerzo: unos poetas han ido llamando a otros hasta conseguir la suma de 48 autores. Sin duda, como ocurre siempre en cualquier compilación, podrían haber surgido algunos más si lo hubiéramos anunciado previamente en nuestros círculos de poetas cercanos; de hecho, tras la publicación de la antología, nos han venido más de uno y más de dos poetas mostrándonos sus libros con alguna que otra composición referida a Dios y con el deseo de que los agregáramos a una posible segunda edición, que se hará, según nos han avisado ya desde Rialp. Sin embargo, el trabajo lo hemos realizado sin presiones de nadie, con plena libertad, y revisando muchísima poesía impresa actual de poetas nacidos a partir de los años 50 que considerábamos merecedores de ser incluidos en la antología.
 -¿Fue bien recibida la idea por los poetas con quienes contactaron?
-Cuando encontrábamos poemas de calidad que hablaban explícitamente de Dios, nos poníamos en contacto con el autor y le pedíamos su autorización para hacerlo partícipe del proyecto. Así de fácil. Estos poetas, a veces, nos han enviado textos inéditos sobre la misma temática, que también hemos añadido a nuestra selección, hasta un máximo de cinco poemas.  
-Todo ello, en un tiempo que se aleja de Dios…
-Al ser un tema universal, de todos los tiempos, incluido este postsecular, Dios no deja de ser un referente para los poetas. Baste hurgar en sus obras literarias para descubrirlo entre los entresijos de sus versos. Piense que el poeta es una persona que tiende a estar en contacto con la belleza, con lo inefable, con lo imperceptible para muchos, y en ese ejercicio de acercamiento al misterio se topa de alguna manera con Dios. Aunque el hombre se aleje de Él, la auténtica poesía siempre lo tiene en cuenta y lo acerca.
El mundo es escenario y espejismo, / la vida entera un agotado sueño. / Cuando vengas, Señor, a desmentirlo, / concédeme un reposo verdadero. Javier Almuzara
-¿Creen necesariamente en Dios las personas que lo presentan en sus poemas?
-Por lo que se puede apreciar en esta antología, Dios se concibe desde muy distintas perspectivas: como un misterio, como un anhelo, como un personaje histórico que se puede conocer leyendo los Evangelios, como un Padre amoroso y providente, como un ser al que se le debe gratitud o adoración…, las perspectivas son diversísimas. Como decimos en el prólogo: «No hay en ellos [ni en los poetas, ni en sus poemas] un credo en particular o la intención de hacer poesía sacra o religiosa, ni de enseñarnos nada en particular; acaso encontraremos solo sinceras preguntas aunque no haya a veces demasiadas respuestas».
Quiero vivir, Señor: hoy sólo puedo / adorarte en el mundo que has creado, / sentir que de este barro formo parte. / No me rompas, Señor: hoy que me enredo / en las fibras del mundo que me has dado / solo quiero vivir y acompañarte. Carlos Javier Morales.
-¿Cuáles son las principales fuentes literarias de un poeta que crea poesía religiosa?
-Pensamos —y hablamos por nosotros mismos— que, en conjunto, la fuente más importante es su propia vida interior, su formación, su fe, alimentada a partir de lo que le inculcaron sus padres de pequeño. Literariamente, hay poemas que están inspirados en pasajes de la Biblia, sobre todo de los Evangelios; así lo hace Rocío Arana en Lc, 5, 31-47 o Manuel Ballesteros en Lc, 15, 11-32. Por otra parte, se encuentran poemas basados en acontecimientos explícitos como el nacimiento del Niño Dios (Rocío AranaBelén, Fernando de VillenaAl Nacimiento de Nuestro Señor) o la redención de la humanidad obrada por Cristo en la cruz (Jesús BeadesLa pasión según Bach), o, sencillamente, fundamentados  en ambientaciones evangélicas como la que se da junto al mar de Tiberíades (Luis E. CauquiTiberíades, Eloy Sánchez RosilloViejas historias). Otros, de inspiración evangélica, hablan del amor misericordioso de Dios, de la entrega sin fisuras. Otros, de manera visible, tienen su inspiración primera en San Juan de la Cruz (José Antonio SáezMi Amado, los bosques de Laurisilva), o en el famoso soneto anónimo A Cristo Crucificado (José María DelgadoEl cielo que me tienes prometido). No es en general la literatura lo que, en realidad, inspira a estos poetas sino su propia vida, alimentada desde la adoración, desde la acción de gracias, desde la súplica, desde las vacilaciones de la fe, o desde el rechazo a Dios.
 -¿Significa Dios lo mismo para los poetas de hoy que para los poetas de ayer?
-Evidentemente, el poeta es un hombre de su tiempo. Este que nos ha tocado vivir es apasionante, pero, sin que digamos nada que no sea evidente, no está enraizado en Dios.  Es, como muy bien se sabe, un tiempo laicista, de postsecularización, donde o a Dios se le pone en el banquillo, o no se cuenta con Él, o, simplemente, se le repudia como perteneciente al pasado, o, en el peor de los casos, se le ignora. En ese contexto, la creencia en Dios no tiene la misma incidencia en las vidas de muchas personas que hace varias décadas, cuando vivíamos en una España oficialmente católica. Pese a todo, hay un matiz maravilloso, muy presente en los poetas actuales, que queremos destacar, y es que hoy, más que nunca, el poeta ha descubierto que Dios habla, no solo desde la creación, sino, fundamentalmente, desde su silencio, su auténtico rostro.
Por Ti, Jardín, por Ti, por tu hermosura / los jacintos, honor del mes primero, / las tímidas violetas de febrero / y en marzo del almendro la blancura. Fernando de Villena.
-¿Es Dios causa u objeto de la inspiración del poeta? ¿O solo un contexto?
-Palabras como causa, objeto, contexto nos distraen de lo esencial. Esas palabras tienen que ver con un pensamiento técnico, racional. La poesía utiliza otras palabras (nunca unívocas, más complejas y ricas) porque se desarrolla en otra parte.
-¿No juega la razón un papel en la creación poética?
-El pensamiento racional encara sólo problemas. Algo que nuestra razón y nuestros instrumentos pueden analizar y resolver de un modo objetivo y universal. Pero la poesía se mueve en el terreno del misterio. De él no cabe una comprensión exacta ni una resolución definitiva. El misterio nos envuelve por fuera y por dentro, nos acoge o nos zarandea. Decirlo sólo es posible con palabras que están impregnadas de él. Son palabras corrientes y molientes, pero tienen que estar alentadas por él. Las palabras de un poeta tienen unas raíces muy hondas, se hunden en aquel umbral de lumbre divina que hay en cada quien. Arraiga en esa grieta de soledad inexplicable que convierte a cada quien en una persona irrepetible: el único habitante de su propia excentricidad singularísima. La poesía hace que no seamos fragmentos de una masa, un grumo anónimo.
Dios mío, tú creaste el mundo a base / de números y letras. Tú conoces / la fórmula capaz de combinarlos / para que surjan cosas de la mezcla. Luis Alberto de Cuenca.
-¿Existe la inspiración?
-Naturalmente que existe la inspiración: todo poeta (hasta el más técnico en su oficio) sabe que está jugando con fuego, que las palabras le llegan de otra parte. Él es el recipiente donde corre el agua y se desborda. Ese es el primer verso que nos da el cielo. Después hay que trabajar y cada poeta trabaja a su modo. Pero esa elaboración consiste en esclarecer lo que ha oído, quitarle ropaje retórico y el veneno del estilo. La hermosura siempre va desnuda, y es tan frágil. Comprendo que a más de uno esto le parezca una bobada.
 -¿Sobreabunda en la poesía religiosa actual el Dios-concepto, en detrimento del Dios Encarnado?
-En poesía no usamos conceptos, que son los propios del pensamiento técnico, racional. Más que pensar, el poeta ve cosas reales, concretas y bien materiales. No habla de entelequias borrosas ni de categorías universales. Creo que el poeta tiene un pensamiento simbólico: ve cosas del todo reales y en ellas -dentro de ellas- adivina un aliento inexplicable, que él mismo no puede alcanzar sino sólo señalar con el dedo: ahí está un pino (por ejemplo) empeñado en existir del modo más hermoso, descarado y feroz. Mal negocio es ser poeta: intentar decir lo que no se puede explicar del todo. Sabe que su trabajo es ver y mostrar lo que permanece invisible, detrás, pero da plena existencia, hermosura, a cada cosa.
Te doy las gracias / por la noticia Tuya del amor a diario. / Nada como el Amor / para darnos noticia de lo eterno. Beatriz Villacañas.
-Y que también es real…
-Por eso un poeta corre el riesgo de quedarse en el camino. Un poeta no puede mentir ni hablar de cosas que no ha visto, olido y palpado. La poesía es la encarnación del verbo. No es la sublimación de la materia como pensaron los alquimistas o los científicos de hoy que ven los fenómenos reales con la intención de establecer una teoría universal, abstracta, desustanciada. Dios libre al poeta de pensar mal y demasiado: cerrar los ojos para no ver.
-¿Escriben de forma distinta sobre Dios los poetas que creen y los que no creen o dudan?
-No somos capaces de establecer una diferencia entre un poeta escéptico y otro creyente. A los poetas debemos pedirle autenticidad: ojos en la cara y alma desnuda, libre de juicios previos. Por ese camino llegará —o tal vez le llevarán— a la Poesía mayúscula y entonces… Ni el más sabio podrá prestarle palabras pues ella nos excede de modo infinito. Un poeta da palos de ciego contra un muro, por ver si abre una grieta —aunque sea diminuta— por donde entre la luz del otro lado. No creemos que podamos pedirle más.
Para quererte a Ti, mi Dios, / me remueven tu Cielo y el infierno. / La sal y la pimienta de mi amor / son algo de interés y un poquitín de miedo. Enrique García-Maiquez.
-¿Cuándo un poema puede ser oración?
-Al final de su Poética musical, afirma Stravinsky que el fin último, esencial de la música es la comunión, la unión de cada hombre con su prójimo y el Ser. La poesía y la música son casi hermanas. Creemos que, en ocasiones, se consigue esa unión (en esta antología hay poemas que lo demuestran) aunque el poeta (o el músico) no sepa del todo cómo se hace.