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lunes, 20 de enero de 2025

El libro que me hubiera gustado leer a los 18 años, de Daniela Faour

«¿Cómo saber si le gusto?

¿Cómo olvidar a mi ex?

¿Cómo saber si tengo que cortar con él?

¿Qué es el amor propio exactamente?».

24 consejos para mujeres sobre el amor y la vida. Así reza el subtítulo de este libro de apenas 163 páginas en que la Daniela Faour de 27 años le dice a la de 18 años cómo navegar por la adolescencia y los veinte de forma feliz y drama-free. «Desde los 16 hasta mis 27 años he salido en citas con aproximadamente 50 chicos diferentes. Me he mudado una vez de país y una vez de ciudad. Me han roto el corazón cuatro veces y yo he roto tal vez unos 10 (sorry...). He ido al psicólogo. Me han contratado, me han despedido, he emprendido, me han vuelto a contratar, he renunciado. Abrí un blog que llegaba a 300 personas y una cuentade TikTok que ha llegado a más de un millón de chicas. He tenido miedo, pero me he atrevido a hacer cosas de las que nunca me creí capaz».




lunes, 22 de enero de 2024

El túnel, de Ernesto Sábato

«Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona».

«El túnel» (1948), del argentino Ernesto Sábato, es una de las grandes novelas sudamericanas del siglo XX, cuyos ecos recogieron pronto en Europa Graham Greene y Camus. El relato, montado con los recursos de la novela policial, desarrolla un personaje, Juan Pablo Castel, que revela su interior e impone al lector un análisis de la desesperanza: el mundo es horrible, despreciable; el presente es tan horrible como el pasado. Un libro desasosegante y pesimista que angustia durante su lectura, con una visión negativa del hombre y de la humanidad. Novela psicológica, enmarcada en el existencialismo, sin duda merece la pena, pero no la leas si estás en horas bajas.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Borges sueña con Borges en su laberinto, de Ignacio Arellano

Borges sueña con Borges en su laberinto[1]



En la entrada del palacio de Cnosos figura el signo del toro, que abre la puerta al reino del secreto, de la purificación, de la identidad de uno y de la libertad, quizá de la muerte. En el centro del laberinto es dable imaginar a Jorge Luis Borges (1899-1986) tejiendo una minuciosa meditación en la que sueña que es Borges y que escribe historias que se desarrollan en sueños y laberintos. En los meandros de su peregrinación arquetípica halla Jorge Luis Borges objetos preciosos, extraños y mágicos, como el aleph («El Aleph») que se oculta en la casa de la calle Garay donde vivió la hermosa Beatriz Viterbo. El aleph es el lugar donde están sin confundirse todos los lugares del orbe vistos desde todos los ángulos. Ironía borgiana es que semejante maravilla (incluye «el populoso mar, el alba y la tarde, las muchedumbres de América, la plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, un laberinto roto, interminables ojos escrutadores, racimos, nieve, tabaco, convexos desiertos ecuatoriales o la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo», entre miles de otras visiones admirables) solo haya servido al pedante poeta Carlos Argentino Daneri para perpetrar con su ayuda un malvadísimo poema que traza la historia de la Tierra. Sería posible considerar como un verdadero avatar humano del aleph a Ireneo Funes («Funes el memorioso»), que recuerda cada detalle de cada percepción, y es un almacén universal de datos: «Nosotros percibimos tres copas en una mesa. Funes todos los vástagos y racimos y frutos que comprenden una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlos en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española y con las líneas de espuma que un remo levantó en Río Negro la víspera de la acción de Quebracho». Otros objetos maravillosos son los que proceden del fabuloso mundo de «Tlon, Uqbar, Orbis Tertius» o los imaginarios libros infinitos en los que cada hoja se desdobla en infinitas hojas y cuya hoja central no tiene reverso... Esos objetos pertenecen a espacios igualmente mágicos, reducibles casi siempre al laberinto, obsesión central del escritor. Un laberinto es la ciudad misteriosa de los Inmortales descrita por un narrador que ha olvidado ser el propio Homero (en el cuento de «El inmortal» que evoca uno de los viajes de Gulliver narrados por Swift), un laberinto es el escenario de la muerte de Abenjacán el Bojarí «muerto en su laberinto», o el campo de batalla de dos reyes enemigos («Los dos reyes y los dos laberintos»), laberinto es la casa de Asterión (otro nombre del Minotauro) en el cuento del mismo título, y otros hallamos en «Las ruinas circulares» o «La Biblioteca de Babel», que evoca las visiones de Kafka y arquitecturas de Piranesi y que asume las dimensiones del Universo entero: «El universo, que otros llaman la Biblioteca se compone de un número indefinido y tal vez infinito de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercado por barandas bajísimas. Una de las caras libres da a un angosto zaguán que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas...». Reflexión parecida hace Asterión sobre su casa (el Laberinto): «Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo, mejor dicho, es el mundo». Se recordará que el padre Atanasius Kircher, erudito jesuita del siglo XVII, concebía el interior de la Tierra como un laberinto inextricable y que en la empresa heráldica de Galeazzo Becaria figura el mundo como un laberinto. Borges explora, pues, con vuelos nuevos, imágenes ancestrales que aseguran la solidez de sus fantasías. El laberinto no solo es un edificio o el mundo: es también una escritura («La escritura del dios») cuya clave encuentra el sacerdote prisionero en la piel del jaguar, después de atravesar iniciáticamente un laberinto de sueños, camino idéntico al que permite a otro sacerdote en «Las ruinas circulares» crear soñando un hombre, su discípulo, hecho de la materia de los sueños, hasta descubrir que él mismo es el sueño de otro soñador. En «Jardín de senderos que se bifurcan» el laberinto es un libro...
Es evidente la barroca atracción de Borges por los conflictos de la realidad con la fantasía, de la fugacidad humana y la eternidad («Historia de la eternidad» es una de sus obras); su preocupación por el tiempo (detenido mágicamente en «El milagro secreto»); por los sueños y la escritura laberíntica (el universo) de Dios, trabajosamente imitada por demiurgos de diversa entidad; por el destino y la muerte; por la identidad y la permanencia. Teología, filosofía, mitografías y folklore, en un estilo preciso, paradójico y aderezado con autoridades reales o ficticias, con mil detalles que hacen verosímiles las historias (muchas de técnica policiaca o de cuento de misterio) y los personajes más extravagantes, pueblan las páginas de Borges en frases como anillos de plata, brillantes y perfectas; en imágenes como espejos que reflejan con engañosa claridad enigmas y secretos. Borges llena de fechas, direcciones, eruditos datos bibliográficos y meticulosa documentación sus sueños: «El coche lo dejó en el cuatro mil cuatro de esa calle del Noroeste. No habían dado las nueve de la mañana» («La espera»); «Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama «The Anglo American Cyclopaedia», Nueva York, 1917 y es una reimpresión literal, pero también morosa de la «Encyclopedia britannica» de 1902» («Tlon, Uqbar»)... ¿Cómo poner en duda la veracidad del relato?
A sus preocupaciones metafísicas y poéticas se suma otro gran mito, el del valor, que fundamenta alguno de sus mejores cuentos: mencionemos «Hombre de esquina Rosada», mencionemos «El Sur» (de perfección imposible) ... que enseñan con sospechosa melancolía que la felicidad no es una condición de los hombres, pero sí el coraje o la desesperación.
Borges llenó los plúteos de su «Biblioteca de Babel» con los libros que hubiera querido escribir: «la historia minuciosa del provenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, las interpolaciones de cada libro en todos los libros», o quizá se hubiera contentado con el libro de los libros que evoca en el mismo relato, ese libro total, cifra y compendio perfecto de todos los demás, y que sería el universo o sería Dios. No lo escribió, pero sí escribió otros que ocupan en esa Biblioteca portentosa un estante privilegiado. Murió ciego, recordando, en la oscuridad luminosa de su ceguera como en la caverna central de un laberinto, aquellas palabras de Goethe:
El sacro horror es lo mejor del hombre.
     Cuanto más afianza la percepción del mundo
     más hondamente lo turba el portento.



 [1] Ignacio Arellano, Diario de Navarra, 16 de marzo de 2002.

miércoles, 15 de abril de 2015

Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa

«Éste no es un manual para aprender a escribir, algo que los verdaderos escritores aprenden por sí mismos. Es un ensayo sobre la manera como nacen y se escriben las novelas, según mi experiencia personal (...). Se trata, pues, de un libro muy personal y, en cierto modo, de una discreta autobiografía».

Todo un acierto volver a publicar este libro, que tuve la suerte de poder leer hace unos años. Mario Vargas Llosa dirige a todos aquellos que tienen la ilusión de llegar a ser escritores unas magníficas reflexiones en forma epistolar acerca del arte de narrar. Cómo comenzar a cristalizar la vocación de escribir en obras literarias, por dónde empezar esa aventura, de dónde salen las historias que cuentan las novelas… son algunas de las preguntas a las que el Premio Nobel de Literatura da respuesta en este libro, que se convierte así en una lección magistral del oficio de escritor.

miércoles, 1 de octubre de 2014

El Aleph, de Jorge Luis Borges

«La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios…».

El laberinto es la obsesión de Jorge Luis Borges. Allí, como dice Ignacio Arellano, encuentra «objetos preciosos, extraños y mágicos, como el aleph («El Aleph») que se oculta en la casa de la calle Garay donde vivió la hermosa Beatriz Viterbo. El aleph es el lugar donde están sin confundirse todos los lugares del orbe vistos desde todos los ángulos». A Borges le atrae el choque entre realidad y fantasía, el paso del tiempo, los sueños, el destino y la muerte. En este volumen, además de El Aleph encontramos otros de los más elogiados relatos del escritor, como “El inmortal”, “Los teólogos”, “Deutsches Requiem” o “La espera”. Borges no es un escritor que guste a cualquiera, y zambullirse en sus páginas requiere ciertos hábitos de lectura.

sábado, 5 de julio de 2014

Loba, de Verónica Murguía

Soledad es la hija del Lobo, rey cruel y sanguinario en guerra constante con el reino de Alosna, donde habitan los magos. Desde que uno de ellos no logró salvar a su mujer durante el parto, el Lobo ha prometido matar a todos los que pueda y así, de alguna manera, calmar su sed de venganza. En Alosna, Cuervo, un aprendiz de mago, indignado por el trato que recibe su gente despierta al dragón para usarlo contra sus enemigos, pero el dragón, despertado de su sueño, es ingobernable y siembra el terror y la destrucción allá por donde va. Cuando en Alosna descubren que Cuervo es quien lo h despertado, le castigan con el destierro. Por otro lado, la aparición del dragón es sentido por el Unicornio, ser ancestral, que partirá en busca de una muchacha virgen de corazón puro, que resulta ser Soledad, quien le ayudará a derrotarlo. Historia compleja y detallista, que la autora tardó diez años en escribir, gustará a los amantes de la fantasía épica.

sábado, 26 de abril de 2014

Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez

El pasado jueves 17 de abril, a las 12:08 de la mañana, fallecía en su casa de México Gabriel García Márquez. Te recomiendo esta pequeña obrita suya, escrita en 1970, quince años después de que se diera a conocer con La hojarasca (1955).
El 28 de febrero de 1955 se conoció la noticia de que ocho miembros de la tripulación del destructor Caldas, de la marina de guerra de Colombia, habían caído al agua y desaparecido a causa de una tormenta en el mar Caribe. Una semana después, cuando ya se había desistido de la búsqueda y los marineros habían sido declarados oficialmente muertos, uno de ellos apareció moribundo en una playa desierta del norte de Colombia, después de permanecer diez días sin comer ni beber en una balsa a la deriva. Se llamaba Luis Alejandro Velasco. Este es el relato de aquella aventura, publicada inicialmente por entregas en El Espectador de Bogotá. Gabriel García Márquez, joven reportero entonces, aclaró, basándose en su diálogo con el náufrago, que no había existido tal tormenta y que los ocho hombres cayeron al mar porque la nave de guerra llevaba carga de contrabando y a causa de un bandazo motivado por el viento se soltó. El relato de aventuras se  convirtió así en denuncia política. Como consecuencia, se produjo un gran alboroto en el país que costó la gloria y la carrera al náufrago y el exilio al reportero.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Un cuento: El cielo del monjecito, por Mamerto Menapace

El cielo del monjecito[1]
El monjecito se encontraba en la iglesia. Era al inicio de la primavera, cuando el sol ya es tibio, y afuera todo canta a la vida Comenzaba la tarde, y él se encontraba sentado en un banco de la iglesia, entre meditando y distraído. Por la ventana abierta entraba la luz, el calor y cuanto ser diminuto y viviente se movía en los aires.
En realidad no estaba distraído, sino absorto. Había un pensamiento que lo venía persiguiendo desde hacía varios días. Quizá fuera la primavera que comenzaba. Lo cierto es que desde días atrás se venía preguntando sobre la eternidad del cielo. Sobre todo lo cuestionaba la idea de una realidad que nunca tendría fin, y en la cual Dios lo invitaba a participar también a él. Era un monjecito movedizo y lleno de vida, curioso e inteligente, despierto y soñador. No entendía cómo se las ingeniaría Dios para mantener el interés en una realidad que sería eterna. Porque él no lograba pasarse media hora sin tener que cambiar de ocupación o de lugar. Lo aterraba la idea de clavarse para siempre en algo eterno.
En esto estaba cavilando y adormeciéndose, cuando de repente llamó su atención un pequeño pájaro que acababa de entrar por la ventana. Parecía un animalito sencillo y sobre todo sumamente manso. Luego de un corto vuelo, fue a posarse a dos o tres bancos por delante de nuestro monjecito. No pareció importarle que éste estuviera allí. Luego de un momento de silencio, levantó la cabecita y lanzó un sencillo gorjeo que llenó de ecos el silencio de la Iglesia.
Cuando el canto se repitió nuevamente, el monjecito sin pensar en lo que hacía se levantó y se acercó al pajarito, que no dio muestras de temor. Simplemente pegó un saltito y fue a posarse en el respaldo del banco siguiente, mientras nuevamente gorjeaba su trino. Pero esta vez el canto venía modulado de una manera diferente. Parecía más bello y más sonoro. Además, al darle el sol sobre su plumaje, mostraba unos tornasoles que antes no habían aparecido. Embelesado nuestro amigo volvió a acercársele, para conseguir tan solo que el avecilla repitiera su corto vuelo hasta otro banco un poco más allá.
Y así de vuelo en vuelo, y trino a trino, ambos se fueron dirigiendo hacia la puerta entreabierta de la Iglesia. El monjecito estaba tan copado que ni se daba cuenta de lo que hacía. Simplemente iba detrás del avecilla canora, que a cada instante mostraba un nuevo color, o expresaba una armonía diferente y siempre más bella. Atravesaron la puerta, cruzaron el jardín, salieron por el gran portón que daba al bosque del cerro vecino, y finalmente se adentraron en éste sin percatarse de que se iban alejando cada vez más del monasterio.
Cuánto tiempo transcurrió desde aquel momento no lo supo entonces el monjecito. Porque paso a paso y yendo detrás del ave encantadora fue perdiendo la noción de las horas y de las distancias. Pero finalmente el avecita gorjeó como nunca lo había hecho aún, y abriendo sus alitas se perdió por entre el follaje del bosque.
Recién entonces nuestro monjecito volvió en sí, y se asustó al ver que ya era tarde. Volvió sobre sus pasos, extrañado de no reconocer el camino que lo había traído hasta allí. Pero desde la altura del cerro donde se encontraba, veía a veces el monasterio por entre el follaje, y así se iba ubicando Lo que en cambio le extrañó profundamente fue el no lograr dar con la puerta por donde había salido. Por más que la buscó en el atardecer por donde tendría que haber estado, no logró dar con ella. Rodeando el monasterio, al fin se topó con la puerta principal Con todo, lo que veía le resultaba extraño. Nada le parecía ya familiar, y se sentía como de otro mundo.
Tocó la campanilla y salió a atenderlo un viejo hermano portero, de larga barba blanca. No lo reconoció. Francamente confundido y temiendo una equivocación, preguntó tímidamente si aquel era el Monasterio de San Pantaleón. El monje portero le respondió que sí, y le preguntó a su vez qué deseaba; Nuestro monjecito perplejo le dijo que quería que le abriera la puerta para volver a su celda y disculparse con el maestro de novicios. Por supuesto que el portero no entendió nada, y no sabia que pensar. ¿Se trataría de una broma de alguno de los monjes disfrazados? ¿O sería quizá algún loco que confundía las cosas?
No sabiendo como proceder le pidió amablemente que se sentara y esperara al abad a quien iría a llamar enseguida. Cuando éste vino, por supuesto tampoco reconoció al monjecito, ni éste al abad. Se saludaron y trabaron conversación. El novicio apesadumbrado le contó lo que le había pasado aquella tarde, o quizá —no sabía— la tarde anterior. Cómo había abandonado la iglesia y el monasterio yéndose detrás de aquella rara avecita de canto y de plumaje continuamente cambiante que lo había fascinado y llevado tras ella. También le abrió su corazón al abad confesándole que sentía a su alrededor todo muy raro y que no acertaba a reconocer nada de cuanto veía. Que ni siquiera podía reconocerlo a él mismo con quien estaba hablando.
Ustedes imaginarán lo perplejo que estaría también el abad frente a aquel monje cito extraño y desconocido que contaba una historia tan bella y extraña. Supuso que se trataría de un joven desorientado y mentalmente enfermo que estaba fabulando una historia sobre su propia vida, aunque lo hacía tan bien que no podía negar el realismo de muchos de los datos, que verdaderamente coincidían con los de aquel viejo monasterio. Como era un hombre bueno y no quería herir al joven con lo que por dentro pensaba, decidió intentar convencerlo mediante el registro de los monjes para mostrarle que su nombre nunca había estado inscrito en aquel monasterio.
Trajeron el libro de registro donde desde hacía siglos se venían anotando los monjes que habían ido viviendo allí, y hoja tras hoja, empezando por las últimas, fue mostrando que efectivamente allí no estaban su nombre. Pero de pronto al hojear al azar el libraco aquel, sus ojos tropezaron con algo insólito. Una página estaba a mitad en blanco. Y para su sorpresa, allí aparecía el nombre del monjecito, con todos sus datos y una nota en rojo que decía simplemente:
"Desapareció una tarde en el bosque, sin dejar rastros". Era una página escrita 227 años atrás.
Esta bella historia termina así. El joven se dio cuenta de que, sin saberlo, había estado siguiendo durante todos esos 227 años a la avecilla sin cansarse ni envejecer.
Y fue tal el deseo que experimentó de ir al cielo que allí mismo… despertó de su sueño sobre el banco de la iglesia en aquel atardecer. Era ya la hora de vísperas.



[1] M. Menapace, Cuentos al amanecer, PPC, Madrid 2003, pp. 122-125.

Cuentos al amanecer, de Mamerto Menapace

«La poesía (y el cuento) no pretende transmitir nada, sino que evoca lo que cada uno tiene ya, despierta lo que cada uno lleva dentro».

Así se expresa Mamerto Menapace en el Prólogo a esta recopilación de treinta y cinco cuentos, entre los que encontrarás El relojero, Eligiendo cruces, El cuarto Rey Mago, El cielo del monjecito o La camisa del hombre feliz. Mamerto Menapace, monje benedictino del Monasterio de los Toldos (Argentina), pretende con ellos, y sin duda consigue «evocar la nostalgia dormida que cada uno trae desde la infancia». Y, para sacarles partido, basta escucharlos con el corazón, ya que sólo él posee un lenguaje único y universal.

sábado, 20 de julio de 2013

Rosaura a las diez, de Marco Denevi

El argentino Marco Denevi (Buenos Aires, 1922-1998) es, sin duda, uno de los narradores más destacados del siglo XX, no sólo en Argentina, sino en toda Hispanoamérica. Elementos característicos de las obras de este «ejercitador de las letras» —como alguna vez él mismo se ha definido—, son los personajes, que bordean lo estrafalario cuando no incurren de lleno en ello, la ambigüedad de la percepción y el conocimiento, el predominio de la intriga y un humor que tiende al negro. En Rosaura a las diez nos encontramos con una narración en la que lo que sucede —la historia de una fantasmal mujer que sólo ha tenido existencia en la fantasía de un pintor— se despliega gradualmente ante nosotros a través de cinco testimonios distintos. Denevi nos sumerge, con firme pulso narrativo, en la trama de un misterio que atrapa al lector desde el comienzo de la obra y lo obliga a ir dando formas sucesivas a la una historia inverosímil y a la vez trivial. Sin duda, una novela «diferente», que —como me dijo en una ocasión mi amigo Javier de Navascués, experto en literatura hispanoamericana— merece la pena leer.

sábado, 4 de agosto de 2012

Comentarios reales, de Antonio Cisneros


Hace unos meses me encontré con Javier de Navascués y, como casi siempre, acabamos hablando de libros. Si mal no recuerdo se marchaba a Hungría a un congreso, y le vino a la memoria el poema de Antonio Cisneros (Lima, 1942) titulado Domingo en Santa Cristina de Budapest y frutería al lado. Me lo leí y me gustó. Así que fui a la biblioteca y saqué el volumen de que ahora te hablo, Comentarios reales (1964), prototipo de la poesía intercultural que se puede encontrar en la obra de César Vallejo, Pablo Neruda u Octavio Paz. En este libro te encontrarás la historia del Perú con alusiones al pasado colonial, la protesta contra los poderes establecidos o el cuestionamiento de la idea de que la Independencia trajo consigo el bienestar de los peruanos y la emancipación del yugo colonial. En resumen, una versión periférica de la historia del Perú, en la que se subraya cómo el discurso colonial se ha tornado en dominante y ha teñido la época republicana. A los que desconocemos aquellas tierras y su historia, el libro la verdad es que nos dice poco.

martes, 31 de julio de 2012

Un poema: Domingo en Santa Cristina de Budapest y frutería al lado, de Antonio Cisneros

Domingo en Santa Cristina de Budapest y frutería al lado

Llueve entre los duraznos y las peras,
las cáscaras brillantes bajo el río
como cascos romanos en sus jabas.
Llueve entre el ronquido de todas las resacas
y las grúas de hierro. El sacerdote
lleva el verde de Adviento y un micrófono.
Ignoro su lenguaje como ignoro
el siglo en que fundaron este templo.
Pero sé que el Señor está en su boca:
para mí las vihuelas, el más gordo becerro,
la túnica más rica, las sandalias,
porque estuve perdido
más que un grano de arena en Punta Negra,
más que el agua de lluvia entre las aguas
del Danubio revuelto.
Porque fui muerto y soy resucitado.
Llueve entre los duraznos y las peras,
frutas de estación cuyos nombres ignoro, pero sé
de su gusto y su aroma, su color
que cambia con los tiempos.
Ignoro las costumbres y el rostro del frutero
—su nombre es un cartel—
pero sé que estas fiestas y la cebada res
lo esperan al final del laberinto
como a todas las aves
cansadas de remar contra los vientos.
Porque fui muerto y soy resucitado,
Loado sea el nombre del Señor,
Sea el nombre que sea bajo esta lluvia buena.


De El Libro de Dios y de los húngaros (1978), en Comentarios reales, Pre-Textos, Madrid-Buenos Aires-Valencia 2003. ISBN: 84-8191-522-X.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Un poema: Café en Martirok Utja, de Antonio Cisneros

Café en Martirok Utja
(A Frigyes Todero)

Hay una lámpara floreada sobre el piano
y una estufa de fierro.
Bebes el vino junto a la única ventana:
un autobús azul y plata cada cinco minutos.
Pides el cenicero a la muchacha
(alta flor de los campos ven a mí).
La luz del otoño es en tu vaso
un reino de pájaros dorados.

Pero pronto anochece.
Los autobuses no son azul y plata,
el cenicero es una rata muerta,
el vaso está vacío.
La muchacha partió cuando encendieron
la lámpara floreada y tú mirabas
la lámpara floreada.
Puedes pedir otra jarra de vino,
pero esta noche
no esperes a los dioses en tu mesa.


De El Libro de Dios y de los húngaros (1978), en Comentarios reales, Pre-Textos, Madrid-Buenos Aires-Valencia 2003. ISBN: 84-8191-522-X.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Un poema: Cuatro boleros maroqueros, de Antonio Cisneros


Cuatro boleros maroqueros


1.

Con las últimas lluvias te largaste
y entonces yo creí
que para la casa mas aburrida del suburbio
no habría primaveras
ni otoños ni inviernos ni veranos
Pero no.
Las estaciones se cumplieron
como estaban previstas en cualquier almanaque
Y la dueña de la casa y el cartero
no me volvieron a preguntar
por ti.

2.

Para olvidarme de ti y no mirarte
miro el viaje de las moscas por el aire
Gran Estilo
Gran Velocidad
Gran Altura.
3.

Para olvidarte me agarro al primer tren y salgo al campo
Imposible
Y es que tu ausencia
tiene algo de Flora de Fauna de Pic Nic.

4.

No me aumentaron el sueldo por tu ausencia
sin embargo
el frasco de Nescafé me dura el doble
el triple las hojas de afeitar.


Del libro Como higuera en un campo de golf (1973), en Comentarios reales, Pre-Textos, Madrid-Buenos Aires-Valencia 2003. ISBN: 84-8191-522-X.

sábado, 2 de julio de 2011

Memoria del Paraíso, de Corina Dávalos

Hace poco leí una reseña de este libro de poemas en la revista Nuestro Tiempo, firmada por Javier de Navascués. A los pocos días fui a casa de un amigo. Casualmente lo acababa de leer. Y me lo prestó. No tuve más remedio que leérmelo. No soy ningún experto en poesía, pero algo he leído: que me vengan a la cabeza ahora, Bécquer, Pedro Salinas, los Machado, José Hierro, Pablo Neruda, Claudio Rodríguez, Miguel D’Ors,… Y a este poemario le falta algo. Tiene sentido de la trascendencia y al mismo tiempo cercanía a lo cotidiano. Y aun así, no sé. No me acaba de convencer. Pero bueno, ahí queda. Por lo menos no se cae de las manos, como la basura de El reino blanco de Luis Alberto de Cuenca —ya siento darle publicidad, pero no he podido resistirme— por mucho que lo incluyan en las listas de los más vendidos. ¡Menudo fiasco de listas! Os dejo con un verso de Corina, el que da título al libro: ¿Qué es la esperanza, sino memoria del Paraíso?

sábado, 4 de junio de 2011

Árbol de familia, de María Rosa Lojo

Siempre que me encuentro con Javier de Navascués acabamos hablando de libros. De lo que lee y de lo que leo. Esta vez hablamos de América, América, de Ethan Canin; de La ladrona de libros, de Markus Zusak; y de Nunca me abandones, de Ishiguro. Y me marché con uno en la mano: Árbol de familia, de María Rosa Lojo. Lo leí de un tirón. Título preciso, perfectamente elegido. Álbum de fotos. Vidas de antepasados que se entrelazan. Personajes dibujados con fina ironía, cariño y comprensión. Estampas de la España del XIX, de los años de la inmigración, de la guerra y sus bandos. De ateos y creyentes. Lenguaje cargado de poesía. Galicia y Argentina. Una voz —la de María Rosa— que reconstruye su pasado al par que una época y un país. La verdad es que no me explico que ninguna editorial lo haya publicado en España. ¿En qué están pensando, con toda la bazofia que se publica?
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domingo, 23 de enero de 2011

Pedro Páramo, de Juan Rulfo

Extraña y apasionante novela publicada en 1955, ante la que el lector se siente desconcertado al principio, pero que va enganchando a medida que se avanza en su lectura. Como ha escrito algún crítico, «con sólo esta novela, de apenas 150 páginas, la escritura mexicana alcanzó su cota más alta, y México otorgó al arte universal una de sus mejores fábulas». El argumento es sencillo: Juan Preciado cuenta cómo, por encargo de su madre moribunda, llega a Comala para ajustar cuentas con su padre, Pedro Páramo, al que no ha conocido. Juan se encuentra con un pueblo deshabitado, lleno de fantasmas. Cuando cobra conciencia de que está en un mundo de muertos, muere aterrorizado y su voz se debilita para dejar paso a los susurros de los muertos, que refieren los hechos sucedidos en Comala en tiempos de Pedro Páramo. En pocos trazos muestra su vida, desde la infancia a la vejez, cómo se va convirtiendo en un cacique violento, codicioso, que llega a poseerlo todo pero no puede lograr el amor de Susana, a quien conoce desde la infancia y por quien siente un amor sin límites. La muerte de Susana le llevará a la desesperación y a vengarse, llevando a la ruina a Comala. El tono general de la novela es negativo, pero también hallamos en ella atisbos de esperanza. Tiene pasajes claramente inmorales, aunque no se recrea en ellos. Por otro lado, encontramos unos personajes con clara conciencia de pecado. Resumiendo: NO ES NOVELA PARA TODO TIPO DE PÚBLICO. Más bien para lectores habituales y con criterio formado.
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viernes, 12 de noviembre de 2010

Los cachorros, de Mario Vargas Llosa

En estos días tenía previsto asistir a una conferencia sobre el último premio Nobel de literatura. Como no había leído de él más que sus Cartas a un joven novelista —del que, por cierto, guardo un buen recuerdo—, decidí que era un buen momento para introducirme en su obra. Consulté a un amigo, a la sazón profesor de literatura hispanoamericana, y me recomendó empezar con una pequeña novela titulada Los cachorros, que narra a grandes rasgos la historia de una pandilla de amigos desde que se conocen en la escuela primaria hasta que son hombres casados y jóvenes profesionales. Según parece es bastante representativa y suficiente para conocer el estilo de este autor. Me puse a ello y me la ventilé en un santiamén, a pesar de los muchos americanismos que tiene, que ralentizaron algo mi lectura. Aun así, me parece que basta para hacerse una idea de cómo escribe Vargas Llosa, y para decidir si lees algo más de él. Yo, de momento, me lo voy a pensar.
Vargas Llosa y la Jornada Mundial de la Juventud
Quién es Vargas Llosa