lunes, 29 de noviembre de 2021

Benedicto XVI. Una vida, de Peter Seewald

«¿Quién es este hombre en realidad? ¿Cuál es su mensaje? ¿Hubo de hecho un “trauma de 1968” que lo convirtió de teólogo progresista en un reaccionario con el freno siempre echado? ¿Fue de verdad el “cardenal de hierro” que presentaban los medios de comunicación? ¿Encubrió a culpables de abusos sexuales contra menores y otras personas vulnerables, calló al respecto? ¿Fue su pontificado un fracaso de principio a fin, como no se cansan de afirmar sus adversarios? Benedicto XVI: Una vida indaga en el origen y la personalidad del papa alemán, así como en las vicisitudes dramáticas de su vida y llega -mediante, entre otras cosas, la reconstrucción de fracturas como los casos Williamson y Vatileaks- a conclusiones sorprendentes».

En este nuevo libro, publicado en 2020 y que, sin duda, merece la pena leer sin miedo a sus más de 1000 páginas, Peter Seewald, el periodista que más conoce a Benedicto XVI realiza un recorrido pormenorizado y veraz de la trayectoria vital, teológica y eclesial del papa emérito manteniendo siempre la distancia crítica y la imparcialidad.


lunes, 15 de noviembre de 2021

Los poetas del heavy metal, de Santiago Posteguillo

Los poetas del heavy metal, de Santiago Posteguillo [1]

Somerset, Inglaterra, primavera de 1798

William caminaba junto a su hermana mientras Samuel, más taciturno, paseaba un poco por detrás.

—De verdad, es un gran libro —insistió William, pero su amigo parecía demasiado abstraído como para responder.

—Samuel, ¿en qué estás pensando? —preguntó la hermana de William.

—Ah, no, en nada —dijo Samuel como si despertara de un sueño—. Es decir: en nada no. Pensaba en todo lo que ha contado tu hermano sobre el viaje alrededor del mundo del capitán George Shelvocke. Me parece fascinante la idea de navegar y llegar hasta los mares del sur, hasta el Antártico, los hielos y esa historia del albatros gigantesco sobrevolando la nave hasta que aquel marinero, ¿cómo se llamaba...?

—Hatley —completó William Wordsworth.

—Eso es, Hatley —continuó entonces Samuel Coleridge—. Hasta que Hatley, después de varios intentos, mata al albatros por creer que ese gran pájaro les traía mala suerte y era el culpable de sus desventuras en el océano. Es un tema perfecto para un poema.

—Demasiado extraño —comentó William Wordsworth, y su hermana asintió.

Samuel Coleridge sonrió.

—Ya sabes que tú y yo no coincidimos en todo.

Y siguieron caminando, compartiendo el silencio de una tarde de cielos despejados y sin viento.

A los pocos días, Samuel Coleridge se sentó en su estudio y escribió uno de los poemas más enigmáticos y más grandiosos de la literatura inglesa, con el que nacía, junto con otros textos de su amigo Wordsworth, el movimiento romántico en la literatura anglosajona. El título del poema era «The Rime of the Ancient Mariner» («La balada del viejo marinero»).

—Ahí está —dijo Coleridge cuando lo tuvo terminado, mientras se recostaba en el respaldo de su asiento y leía aquellos versos que tan famoso lo harían poco después: esas líneas en las que describía un barco a la deriva, en medio de un mar sin viento, con los marineros muertos de hambre y sed, sobre los que, de pronto, empezaba a sobrevolar un enigmático y gigantesco albatros:

Day after day, day after day,

We stuck, nor breath nor motion;

As idle as a painted ship

Upon a painted ocean.

 

Water, water, every where,

And all the boards did shrink;

Water, water, every where,

Nor any drop to drink.

 

Día tras día, día tras día,

atascados, sin brisa ni movimiento;

tan inútiles como un navío pintado

sobre un océano pintado.

 

Agua, agua, por todas partes,

y todos los tablones se encogían;

agua, agua, por todas partes,

ni una sola gota que beber.

 

—Ahí está —repitió Samuel Coleridge cuando terminó su lectura en voz alta, sin saber que cambiaba la historia de la literatura con aquel largo poema (los versos de arriba son apenas una pequeña muestra).

Se trataba de una alegoría sobre la lucha entre la tendencia natural de muchos seres humanos a obrar mal y el reencuentro con la libertad gracias a la penitencia como único camino hacia la redención. Sí, así empezó el romanticismo literario inglés y, aunque eso ni lo sabían ni lo podían siquiera imaginar Coleridge o Wordsworth, así también cambió la historia del heavy metal. Claro que eso sería en otro lugar, en otro tiempo.

 

Madrid, primavera de 1834

 Teresa había dejado de gritar, y por fin José pudo entrar en la habitación. Todo, pese a la sangre de las sábanas y la cara de agotamiento de Teresa, parecía estar bien. El parto había transcurrido según lo esperado. Le pusieron el bebé en sus manos.

—Es una niña —dijo su esposa desde la cama, con apenas un hilillo de voz suave pero serena.

—Es perfecta —respondió José, y se quedó mirando a la pequeña recién nacida como un tonto. Tras años de exilio en Portugal, Londres y París, habían conseguido retornar a España; y ahora, como un gran premio después de tantos sacrificios, tenían su primer hijo. Bueno, hija. Daba igual. Era tan hermosa como su madre.

Todo iba bien. ¿Demasiado bien?

Y es que las inclinaciones liberales de José de Espronceda hacían que la pareja viviera con un miedo constante a ser de nuevo expulsados del país por los seguidores más conservadores de Fernando VII. Peor aún: vivían siempre con la angustia de que él fuera encarcelado por sus ideas demasiado libres, demasiado libertarias. En definitiva: por pensar demasiado.

—¿Has compuesto algo nuevo? —preguntó Teresa, que se recuperaba rápido, elevando el tono de voz, mientras recibía de nuevo a la niña en sus brazos.

—He escrito un poema a un pirata, a un rebelde indómito, como nosotros. Lo he llamado «Canción del pirata».

Y empezó a recitarlo para su esposa, mientras la niña se agazapaba entre las sábanas y el pecho de su madre.

—Con diez cañones por banda, / viento en popa, a toda vela, / no corta el mar, sino vuela / un velero bergantín...

Espronceda, como Coleridge, también acababa de componer la letra de otro gran poema romántico y, de nuevo sin saberlo, otra gran canción de heavy metal. Algo que, claro, el poeta español, como el inglés, tampoco podía imaginar.

 

Varsovia, 1984

 La banda de rock heavy metal Iron Maiden se prepara para salir al escenario. Decenas de miles de espectadores, entre los que hay muchos miembros del sindicato Solidaridad, que buscan liberar a Polonia del yugo soviético, deambulan entre los pasillos de las gradas. Todos acuden atraídos por aquella banda que ha decidido iniciar su World Slavery Tour en un país de la Europa del Este. Y no sólo eso: es, además, una de las primeras veces que una banda de rock occidental viaja con todo el montaje escénico al completo más allá del telón de acero. Steve Harris y sus compañeros salen a escena. Las guitarras eléctricas empiezan a sonar con fuerza casi ensordecedora. Un crescendo constante hasta que empieza a sonar la versión de más de trece minutos de «La balada del viejo marinero», para muchos una de las mejores canciones, si no la mejor, del heavy metal de todos los tiempos, basada en el poema de Coleridge.

A los polacos, que llevaban años aprendiendo inglés en secreto, les encantó.



 Plaza de la Fuente número 8, Esparza de Galar, Navarra, 2000

    Javi y Juanan entran en el estudio. Son los productores. Ya están todos. Cada uno de los miembros del grupo se pone junto a su instrumento y lo va afinando mientras los técnicos se sientan al otro lado del cristal frente a la gran mesa de mezclas. Al cabo de unos minutos, Javi y Juanan se miran. Asienten.

   —Cuando queráis —dicen los dos al unísono.

   Y Ángel, Arturo, Iñaki, Roberto y Paco se lanzan. Guitarras potentes para un barco que navega sin límites. Empieza de esa forma la grabación de la versión del grupo español Tierra Santa de la «Canción del pirata» de Espronceda. Apasionante.

   Está claro que las bandas de heavy metal, que buscan con frecuencia temas misteriosos o épicos, cuando no ambas cosas a la vez, han sabido ver que la poesía romántica de todas las tradiciones literarias les ofrece exactamente eso que anhelan y, con audacia, se han lanzado a poner música a esa gran literatura sin atender a limitaciones ni a complejos. El resultado es sorprendente. Invito a escuchar ambas canciones a aquellos que no las conozcan aún.

   Personalmente, me quedo con la de Tierra Santa.

   Toda esta relación entre las bandas de heavy metal y la poesía romántica inglesa o española me la han enseñado, por supuesto, mis estudiantes. ¿Cómo quieren que deje de dar clase con lo mucho que aprendo cada día?

 


[1] S. Posteguillo: La sangre de los libros, Planeta, Booket, Barcelona 2016, pp. 73-78.


lunes, 1 de noviembre de 2021

El planeta de los simios, de Pierre Boulle

«Los gorilas me llevaron a un camión enrejado en el que me encontré en compañía de algunos otros sujetos humanos que también habían sido considerados dignos de ser presentados a la docta asamblea (…) Me habían guardado para el final, como una estrella. El gorila negro apareció por última vez y llamó mi número. Me levanté espontáneamente, cogí de las manos del guardián sorprendido el collar que iba a ponerme y lo sujeté yo mismo. Así, entre dos guardias de corps, entré con paso firme en la sala de reuniones».

El periodista Ulysse Mérou, el profesor Antelle y su joven discípulo Arthur Levain se embarcan en un extraordinario viaje hacia la estrella Betelgeuse. Desde su nave espacial observan el planeta Soror, donde se perfilan ciudades y carreteras curiosamente parecidas a las de la Tierra. Cuando aterrizan descubren que está habitado por seres humanos que viven en estado salvaje, pero entonces, ¿a qué civilización pertenecen las ciudades que han divisado desde el espacio? El planeta de los simios es un libro inquietante, una fábula sobre la angustia que siente el hombre privado de su dignidad, una reflexión sobre el miedo a lo desconocido. Un clásico de la literatura y del cine, con varias versiones conocidas: El planeta de los simios (1968), con Charlton Heston de protagonista; El planeta de los simios (2001), dirigida por Tim Burton y protagonizada por Mark Wahlberg; y la más reciente, El origen del planeta de los simios (2011), dirigida por Rupert Wyatt. Un libro interesante que merece la pena leer.

lunes, 18 de octubre de 2021

Nada, de Carmen Laforet

«Corrí en su persecución como si en ello me fuera la vida. Asustada. Viendo acercarse los faroles y las gentes a mis ojos como estampas confusas. La noche era tibia, pero cargada de humedad. Una luz blanca iluminaba mágicamente las ramas cargadas de verde tierno del último árbol de la calle de Aribau».

Andrea llega a Barcelona para estudiar Letras. Sus ilusiones chocan, inmediatamente, con el ambiente de tensión y emociones violentas que reina en casa de su abuela, que contrasta con la frágil cordialidad de sus relaciones universitarias. Ambos mundos convergerán, finalmente, en un diálogo dramático. Comparada por la crítica con Cumbres borrascosas, refleja el estancamiento y la pobreza en la que se encontraba la España de la posguerra y muestra la lenta desaparición de la pequeña burguesía tras la Guerra Civil. Para muchos, Nada es una de las 100 mejores novelas en español del siglo XX. ¡Cuánto he disfrutado releyéndola!

lunes, 4 de octubre de 2021

La historia interminable, de Michael Ende

«Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa, y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido (…) no podrá comprender lo que Bastián hizo entonces». 

Bastián Baltasar Bux, es un niño tímido al que le encanta leer y tiene una portentosa imaginación. Leyendo un extraño libro averigua que el reino de la Fantasia está en peligro. En este mismo libro lee, asombrado, que él mismo debe unirse a Attreyu, un valiente guerrero, para salvar Fantasia. Así empieza la más increíble de las aventuras: La historia interminable, la obra de Michael Ende que ya es un clásico de la literatura juvenil de todos los tiempos. Sin duda, merece la pena leerlo y releerlo. En 1984 se realizó una versión cinematográfica de notable calidad apropiada para todos los públicos.



lunes, 20 de septiembre de 2021

Frankenstein, de Mary W. Shelley

«…no narro las fantasías de un iluminado (…) Tras noches y días de increíble trabajo y fatiga, conseguí descubrir el origen de la generación y la vida; es más, yo mismo estaba capacitado para infundir vida en la materia inerte.»

La noche del 16 de junio de 1816, después de que Lord Byron y Percy B. Shelley discutieran largamente sobre la posibilidad de descubrir el principio vital de la naturaleza y transferirlo a un cuerpo inerte, Mary W. Shelley tuvo una memorable pesadilla sobre la visión de un monstruo creado por la ciencia humana. Éste sería el punto de partida para la confección de esta breve novela epistolar, considerado el primer relato de ciencia ficción, y que al mismo tiempo es una de las obras más proféticas de la historia de la literatura: Frankenstein o el moderno Prometeo. Un drama romántico sobre la voluntad prometeica del ser humano, que encoge el corazón y plantea nuevos problemas morales de consecuencias desconocidas, como lo es el de jugar a ser Dios, ocupar el lugar del Creador. Sin duda hace honor a su carácter de clásico, pues sigue tan vivo y actual como hace 200 años. No sé cómo no lo leí antes… Llevada al cine en numerosas ocasiones, quizá te pueda recomendar la grandiosa adaptación, llena de efectos, que realizó Kenneth Branagh.




lunes, 6 de septiembre de 2021

Ir a coger moras, por Philippe Delerm

Ir a coger moras[1]
Es un paseo que se da con viejos amigos, al final del verano. Se acerca la vuelta al trabajo. Pocos días después todo volverá a empezar; así que resulta agradable ese último garbeo ya con efluvios de septiembre. No es menester invitarse, ni comer juntos. Basta una llamada, a primera hora de la tarde del domingo.
—¿Os apetece venir a coger moras?
—¡Hombre, precisamente os lo íbamos a proponer!
El sitio es siempre el mismo, a lo largo del camino en la linde del bosque. Las zarzas cada año están más frondosas e impenetrables. Las hojas tienen ese verde mate, profundo; los tallos y espinas, esa tonalidad vinosa que se asemeja a los propios colores del papel vergé con el que se encuadernan libros y cuadernos.
Cada cual va provisto de una caja de plástico especial para que no se chafen las bayas. Todos empiezan a coger sin demasiado frenesí, sin demasiada disciplina. Bastarán dos o tres tarros de confitura, que no tardarán en saborearse en los desayunos de otoño. Pero el máximo placer es el del sorbete. Un sorbete de moras consumido la misma noche, un dulzor helado en el que duerme el último sol relleno de frescor oscuro.
Las moras son pequeñas, de un negro rutilante. Pero mientras se cogen prefiere uno probar las que todavía conservan algún grano rojo, un sabor acidulado. No tardan en manchársenos las manos de negro. Nos las restregamos mal que bien en las hierbas amarillentas. En la linde del bosque, los helechos se tiñen de rojo, y sus curvilíneas sumidades llueven sobre las perlas malvas de los brezos.
La conversación discurre sobre cualquier cosa. Los críos se ponen serios, evocan su temor o su deseo de que les toque tal o cual profe. Porque el regreso al trabajo gira en torno a ellos, y el camino de las moras tiene un sabor a escuela. La carretera es suave, apenas ondulada: es una carretera hecha para conversar. Entre dos chaparrones, la luz reavivada se presenta aún cálida. Hemos cogido las moras, y con ellas nos hemos llevado el verano. En la pequeña curva de los avellanos, nos deslizamos hacia el otoño.


[1] PDelermEl primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, Tusquets («Los 5 sentidos»), Barcelona 1998, pp. 33-34.