miércoles, 9 de diciembre de 2015

De la tierna edad, de Valery Larbaud

«Con el pelo aplastado sobre nuestras cabezas por un gran peine redondo, y nuestras trenzas dobladas y aprisionadas en una redecilla negra, no se imagina usted qué duros parecían nuestros rostros. Y, en efecto, éramos duras las unas con las otras, y malhumoradas. Yo, al menos, era desdichada en esa pensión de provincia»

Enfantines era uno de los libros de Larbaud que permanecía aún inédito en castellano, hasta que Ricardo Cano Gaviria lo tradujo para Igitur. Se trata de un volumen de ocho relatos cuyos personajes son niños, niños que anuncian los adultos que serán, pequeños santos cuya inocencia hace resaltar la crueldad del mundo de los mayores. En su Epílogo, Cano califica a Larbaud de «infantólatra», y lo incluye entre aquellos autores que —como Alain Fournier— «elevaron al niño o al joven a la categoría de sujeto privilegiado del relato». De la tierna edad es, así, un libro melancólico y bello. No en vano había hecho Larbaud en 1908 esta petición: «Dejad que me enternezca un poco con mi infancia».

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