sábado, 14 de enero de 2012

El señor de las moscas, de William Golding

Un grupo de niños, solos, sin ningún adulto, arrojados en una isla perdida a causa de un accidente aéreo. Inicialmente, todo es armonía, cooperación entusiasta y gozosa camaradería. Pero poco a poco se produce una inquietante metamorfosis. La simpática escena de unos críos jugando a ser mayores evoluciona inexorablemente hacia la barbarie y la brutalidad. Esta evolución perturba y desazona al lector porque adivina hacia dónde se dirige pero no acaba de ver cómo podría detenerse. Todo el proceso está gobernado por un juego dialéctico de alternativas superpuestas: vivir con la esperanza de ser rescatados, o hacer de la situación salvaje la norma del propio vivir; reproducir en miniatura el mundo familiar y protector que se añora, o entregarse al atractivo de la alegría salvaje. Y la balanza se inclina sin remedio hacia el segundo término. El Señor de las moscas, Lord of the Flies en el original, una novela que también puede ser entendida como una áspera y contundente respuesta a quienes todavía sospechan que es la sociedad la que corrompe al hombre.

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