«Aquella
noche murió la última persona que podría haber dejado en herencia el apellido
de Odisto, el protagonista de esta novela, cuya familia pasó de contar con una
cuarentena de miembros en 1936 a desaparecer apenas tres años después. Nunca
más nacería un Ardolento. He aquí pues la historia de la descomposición total
de una familia, de la deshumanización de un pueblo, de la desintegración de un
territorio y de una península de casas vacías».
Coincidiendo con la polémica que se ha
generado en torno a David Uclés estos días, he terminado La península de las
casas vacías, una novela de 695 páginas, de gran calidad literaria, que por
medio de una especie de realismo mágico narra de un modo fantasioso y atractivo
la Guerra Civil Española. A través de la vida de sus antepasados, conocemos la
vida de Quesada (Jándula en el libro), un pueblo de la provincia de Jaén y los
avatares de sus habitantes durante la guerra, a la vez, que el desarrollo del
conflicto con hechos reales y ficticios que se entremezclan. Uclés aborda con
pretensión de imparcialidad -«He escrito esta novela con total
libertad, sin ningún reparo ni prejuicio, sólo he intentado honrar a toda la
gente que murió.»-
afirma, los desmanes de ambos bandos mientras desarrolla con brillantez las
venganzas y ajustes de cuentas entre los vecinos. Junto a los anónimos miembros
del extenso clan de olivareros de Jándula cruzan sus destinos personajes reales
como Alberti, Lorca y Unamuno; Hemingway, Orwell y
Bernanos; o Azaña y Foxá, entre otros muchos. Merece la pena, aunque
quizá a algún lector le parecerá que el autor se inclina más por los hotros que
por los hunos. O al revés.

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