sábado, 19 de mayo de 2012

Las confesiones de un pequeño filósofo, de Azorín

Para muchos, una de las novelas líricas más seductoras de la literatura española del siglo XX. El autor regresa al colegio donde cursó sus primeros estudios, y los recuerdos de su infancia y adolescencia le vienen a la mente en forma de las sensaciones y anécdotas: «notas vivaces e inconexas —como lo es la realidad—», en los que la sensibilidad es la auténtica protagonista. Recuerdos agrupados en capítulos —mejor poemas—, cortos, independientes, cerrados, bajo títulos tan sugestivos como «La luna», «El colegio» o «Es ya tarde». Literatura de contemplación, podríamos decir, en la que hasta lo más insignificante es digno objeto del arte. Literatura de pueblos, de iglesias, de caminos, de paisajes y de instantes eternos. En la obra aparecen temas tan esenciales como el tiempo, la muerte o la experiencia vital, pero son las sensaciones de melancolía, ternura y belleza las que nos invaden al cerrar el libro. Y todo, con un lenguaje sencillo, familiar y castizo, pero tremendamente estético, que hace que esta pequeña obra se lea con gusto, de un tirón.

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