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sábado, 27 de agosto de 2011

La metamorfosis, de Franz Kafka

«Al despertar Gregorio Samsa una mañana tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto. Se hallaba echado sobre el duro caparazón de su espalda, y al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia». Así comienza «La metamorfosis», de Kafka (1883-1924), uno de los relatos más famosos de su autor. Mientras el mundo en torno sigue firme en sus detalles cotidianos, él se ha convertido en un escarabajo. Y esto, claro, cambia totalmente su vida: expulsado del trabajo y de la familia, arrojado entre desperdicios al interior de su cuarto, aislado y atacado, víctima del horror, el asco y el desprecio, herido gravemente por una manzana que su padre le ha incrustado en el caparazón, Gregorio muere asumiendo su misteriosa culpabilidad, derrotado, «firmemente convencido de que tenía que desaparecer». El lector, como el mismo Gregorio, se pregunta: ¿qué ha sucedido? ¿Qué significa esta historia?
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miércoles, 1 de mayo de 2019

Borges sueña con Borges en su laberinto, de Ignacio Arellano

Borges sueña con Borges en su laberinto[1]



En la entrada del palacio de Cnosos figura el signo del toro, que abre la puerta al reino del secreto, de la purificación, de la identidad de uno y de la libertad, quizá de la muerte. En el centro del laberinto es dable imaginar a Jorge Luis Borges (1899-1986) tejiendo una minuciosa meditación en la que sueña que es Borges y que escribe historias que se desarrollan en sueños y laberintos. En los meandros de su peregrinación arquetípica halla Jorge Luis Borges objetos preciosos, extraños y mágicos, como el aleph («El Aleph») que se oculta en la casa de la calle Garay donde vivió la hermosa Beatriz Viterbo. El aleph es el lugar donde están sin confundirse todos los lugares del orbe vistos desde todos los ángulos. Ironía borgiana es que semejante maravilla (incluye «el populoso mar, el alba y la tarde, las muchedumbres de América, la plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, un laberinto roto, interminables ojos escrutadores, racimos, nieve, tabaco, convexos desiertos ecuatoriales o la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo», entre miles de otras visiones admirables) solo haya servido al pedante poeta Carlos Argentino Daneri para perpetrar con su ayuda un malvadísimo poema que traza la historia de la Tierra. Sería posible considerar como un verdadero avatar humano del aleph a Ireneo Funes («Funes el memorioso»), que recuerda cada detalle de cada percepción, y es un almacén universal de datos: «Nosotros percibimos tres copas en una mesa. Funes todos los vástagos y racimos y frutos que comprenden una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlos en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española y con las líneas de espuma que un remo levantó en Río Negro la víspera de la acción de Quebracho». Otros objetos maravillosos son los que proceden del fabuloso mundo de «Tlon, Uqbar, Orbis Tertius» o los imaginarios libros infinitos en los que cada hoja se desdobla en infinitas hojas y cuya hoja central no tiene reverso... Esos objetos pertenecen a espacios igualmente mágicos, reducibles casi siempre al laberinto, obsesión central del escritor. Un laberinto es la ciudad misteriosa de los Inmortales descrita por un narrador que ha olvidado ser el propio Homero (en el cuento de «El inmortal» que evoca uno de los viajes de Gulliver narrados por Swift), un laberinto es el escenario de la muerte de Abenjacán el Bojarí «muerto en su laberinto», o el campo de batalla de dos reyes enemigos («Los dos reyes y los dos laberintos»), laberinto es la casa de Asterión (otro nombre del Minotauro) en el cuento del mismo título, y otros hallamos en «Las ruinas circulares» o «La Biblioteca de Babel», que evoca las visiones de Kafka y arquitecturas de Piranesi y que asume las dimensiones del Universo entero: «El universo, que otros llaman la Biblioteca se compone de un número indefinido y tal vez infinito de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercado por barandas bajísimas. Una de las caras libres da a un angosto zaguán que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas...». Reflexión parecida hace Asterión sobre su casa (el Laberinto): «Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo, mejor dicho, es el mundo». Se recordará que el padre Atanasius Kircher, erudito jesuita del siglo XVII, concebía el interior de la Tierra como un laberinto inextricable y que en la empresa heráldica de Galeazzo Becaria figura el mundo como un laberinto. Borges explora, pues, con vuelos nuevos, imágenes ancestrales que aseguran la solidez de sus fantasías. El laberinto no solo es un edificio o el mundo: es también una escritura («La escritura del dios») cuya clave encuentra el sacerdote prisionero en la piel del jaguar, después de atravesar iniciáticamente un laberinto de sueños, camino idéntico al que permite a otro sacerdote en «Las ruinas circulares» crear soñando un hombre, su discípulo, hecho de la materia de los sueños, hasta descubrir que él mismo es el sueño de otro soñador. En «Jardín de senderos que se bifurcan» el laberinto es un libro...
Es evidente la barroca atracción de Borges por los conflictos de la realidad con la fantasía, de la fugacidad humana y la eternidad («Historia de la eternidad» es una de sus obras); su preocupación por el tiempo (detenido mágicamente en «El milagro secreto»); por los sueños y la escritura laberíntica (el universo) de Dios, trabajosamente imitada por demiurgos de diversa entidad; por el destino y la muerte; por la identidad y la permanencia. Teología, filosofía, mitografías y folklore, en un estilo preciso, paradójico y aderezado con autoridades reales o ficticias, con mil detalles que hacen verosímiles las historias (muchas de técnica policiaca o de cuento de misterio) y los personajes más extravagantes, pueblan las páginas de Borges en frases como anillos de plata, brillantes y perfectas; en imágenes como espejos que reflejan con engañosa claridad enigmas y secretos. Borges llena de fechas, direcciones, eruditos datos bibliográficos y meticulosa documentación sus sueños: «El coche lo dejó en el cuatro mil cuatro de esa calle del Noroeste. No habían dado las nueve de la mañana» («La espera»); «Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama «The Anglo American Cyclopaedia», Nueva York, 1917 y es una reimpresión literal, pero también morosa de la «Encyclopedia britannica» de 1902» («Tlon, Uqbar»)... ¿Cómo poner en duda la veracidad del relato?
A sus preocupaciones metafísicas y poéticas se suma otro gran mito, el del valor, que fundamenta alguno de sus mejores cuentos: mencionemos «Hombre de esquina Rosada», mencionemos «El Sur» (de perfección imposible) ... que enseñan con sospechosa melancolía que la felicidad no es una condición de los hombres, pero sí el coraje o la desesperación.
Borges llenó los plúteos de su «Biblioteca de Babel» con los libros que hubiera querido escribir: «la historia minuciosa del provenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, las interpolaciones de cada libro en todos los libros», o quizá se hubiera contentado con el libro de los libros que evoca en el mismo relato, ese libro total, cifra y compendio perfecto de todos los demás, y que sería el universo o sería Dios. No lo escribió, pero sí escribió otros que ocupan en esa Biblioteca portentosa un estante privilegiado. Murió ciego, recordando, en la oscuridad luminosa de su ceguera como en la caverna central de un laberinto, aquellas palabras de Goethe:
El sacro horror es lo mejor del hombre.
     Cuanto más afianza la percepción del mundo
     más hondamente lo turba el portento.



 [1] Ignacio ArellanoDiario de Navarra, 16 de marzo de 2002.

lunes, 9 de enero de 2023

Lo más importante de todo, de Lorenzo Silva

ENTREVISTA DE ÁLVARO SÁNCHEZ LEÓN[1]

     Le leí hace poco que uno de los libros que le ha dejado más huella ha sido El Reino, de Emmanuel Carrère, “que es un libro que poca gente ha leído y ponderado, pero versa sobre lo más importante de todo: la fe”.

Lo más importante de todo es la fe. Kafka, que pasa por ser un escritor nihilista, dice que “para vivir hay que tener fe”; fe en todo: en lo que está más cerca y en lo que está más lejos.

— Me llamó la atención que pidiera oraciones en Twitter por el alma de su madre sin ser católico practicante. Me pareció el gesto más honesto en esos momentos de desconsuelo.

Raymond Chandler, que es otro de mis grandes referentes, criticaba a los escritores rompedores de su tiempo, que eran muy inteligentes, muy brillantes, capaces de hablar de cualquier cosa, pero que, en el fondo, “son hombres pequeños que han olvidado cómo rezar”. Quien no reza, no asume que el mundo es muy superior a él y que estamos insertos en algo que nos sobrepasa constantemente. Quien no siente el impulso de rezar, de pedir, de dar gracias, ha empequeñecido su alma.

No tengo una fe religiosa, pero sí creo que cuando uno reza por alguien está pensando en esa persona y le está transmitiendo algo de lo mejor que tiene, exista o no exista Dios, le llegue o no le llegue esa plegaria. Eso es bueno para quien reza y es bueno para quien tiene una relación con la persona por la que se reza. Y si existe una forma de existencia más allá de la existencia, estoy convencido de que será bueno para la persona por la que se reza.

Yo soy agnóstico. No tengo la intuición cierta de la trascendencia, pero no la descarto. Soy como Protágoras, a quien injustamente criticaron como ateo por decir que sobre los dioses no podía decir si existían o no, porque demasiado oscura era la cuestión, y demasiado breve era la vida humana para esclarecerla. Yo estoy ahí. Y desde ahí pienso que rezar y respetar a quien reza es un valor. No soy religioso, ni clerical, pero tampoco soy anticlerical. Estoy convencido de que hay que tener fe en que todo esto tiene un para qué, que tiene sentido hacer las cosas bien, y que no tiene sentido hacer las cosas mal.

Dice Wittgenstein –no sabría decir ahora si era muy creyente o no– que una vida deshonesta es una vida irracional. Spinoza, que tampoco creía en el Dios de los cristianos, destaca en su ética que no se trata de obrar bien para ir al cielo, o dejar de obrar mal para no ir al infierno, sino que tenemos que hacer el bien, porque cuando uno hace el bien conforme a su naturaleza y a su visión de las cosas honestas, enriquece su existencia.

Cuando uno obra en contra de lo que honestamente cree que debe hacer, degrada su existencia y la envilece, y su vida pierde calidad. El cielo de los actos buenos está en los actos buenos. El infierno de las malas acciones está en las malas acciones. Aunque no te pillen. Aunque no te castiguen. Si perdemos estas ideas esenciales, podemos acabar convirtiéndonos en máquinas de hacer cálculos de coste-beneficio. En cualquier caso, seríamos máquinas de hacer cálculos de coste-beneficio a corto plazo, cuando esos cálculos habría que hacerlos al plazo relevante. Si tengo la certeza absoluta de que me voy a morir mañana, me vale con ganar dinero hoy. Si vivo treinta años más, lo que hoy es rentable, a lo mejor dentro de diez años es un desastre. Si tengo hijos y pienso en ellos, lo que parece rentable para mí, igual no lo es para su futuro…

— Si la vida de un buen autor son sus buenos textos, como decía antes, tiene su coherencia pensar que la buena vida de una buena persona sean, al final, sus obras buenas.

— Totalmente. Y la vida buena no es pasarse los días recogiendo medallas de oro en lo alto del podio. Esa, incluso, si nos descuidamos, tiene momentos de vida mala. He visto a gente recoger medallas de oro en lo alto de un podio que les ubicaba muy fuera del tiesto. La vida buena es lo que dice Spinoza, que me parece lo más inteligente en términos éticos: lo bueno es lo que es conforme a tu naturaleza, aquello que sientes que debes hacer y que, realmente, forma parte de lo que eres. Todo lo que hagas en ese camino, es buen texto para la vida. Todo lo que se salga de esas líneas, lo estropea. Todos hacemos bastantes cosas al margen del texto bueno, y el que diga que no es que no se observa, no es consciente, o está atontado, pero hay que intentar que ese subconjunto inevitable de acciones no se convierta en el centro de gravedad de toda nuestra existencia.

Leer Entrevista completa

[1] Entrevista de Álvaro Sánchez León, 31 de agosto de 2022, en: https://www.aceprensa.com/la-entrevista/lorenzo-silva-la-literatura-sirve-para-dar-cauce-forma-y-expresion-a-la-conversacion-social/